La experiencia que viví junto a
Jaime en las duchas del gimnasio marcó un punto de inflexión en mi vida. Sentía
como si me hubiese liberado de un peso que me oprimía: había liberado mi
sexualidad por completo. Hasta la muerte de mi madre a mis quince años, yo
había sido el hijo ejemplar: buen estudiante, deportista, sano, educado, en
resumen, el hijo que toda madre querría tener. Aproximadamente un año antes de
su muerte le diagnosticaron cáncer de útero. Antes de aquello mi madre era
jovial, alegre, en su rostro siempre había una sonrisa que complementaba con la
alegría de sus ojos verde esmeralda. Medía alrededor de un metro setenta y
mantenía un cuerpo delgado aún después de haber dado a luz a mi hermana y a mí.
De pequeño me encantaba dormir junto a ella oliendo la suave fragancia a
vainilla de su larga cabellera negra y ondulada. Fue lo primero que perdió tras
comenzar el tratamiento de quimioterapia, pero aun así el brillo de sus ojos no
la abandonaba. Tras su muerte, me refugié en mi interior, me volví un chico
introvertido y rebelde. No quería salir de casa, no quería estudiar, dejé el
equipo de atletismo y ni tan siquiera contestaba a las llamadas de mis amigos.
A imposición de mi padre, comencé
un tratamiento psicológico seis meses después de la muerte de mi madre. Iba dos
veces en semana a hablar con el doctor, pero no fue hasta el cuarto mes de
tratamiento cuando conseguí abrirme a él. En ese momento había perdido el curso
académico, mis notas eran catastróficas y en clase solo me dedicaba a dibujar
garabatos en el cuaderno mientras mi mente estaba absorta en cualquier otro
lugar. El psicólogo consiguió ganarse mi confianza y gracias a él y a Mariana,
nuestra ama de llaves desde que tengo uso de razón, conseguí recuperar la
alegría. El doctor Esteban me convenció para que dedicase mi tiempo libre a
algún deporte, probé con fútbol, baloncesto, tenis, equitación y alguno que
otro más, pero me cansaba tan pronto como comenzaba. Ninguno me llamó tanto la
atención como lo hizo el remo.
Yo por entonces era un
adolescente de más de metro setenta, delgado o más bien enclenque, con 16 años
recién cumplidos. Había perdido el curso académico, por lo que tendría que repetir
4º de la E.S.O., motivo oficial de mi padre para quedarnos en Madrid y no
viajar como de costumbre a Filadelfia para visitar a la familia de mi padre. Lo
cierto es que, desde la muerte de mi madre, nunca volvimos a ir juntos a EE. UU.
Creo que, en el fondo, el poco interés de mi familia paterna en la enfermedad
de mi madre enfrió aun más la relación de mi padre con su familia que, casi
como él, eran despegados, fríos, antipáticos y autoritarios. Desde que mi madre
murió, mi padre se aferró a su trabajo. Supongo que fue ahí donde encontró su
válvula de escape. Tal era su obsesión por el trabajo, que llegué a pensar que
la falta de mi madre le era indiferente e incluso le odié por ello y, aunque
las relaciones con mi padre no han mejorado demasiado con el tiempo, es ahora
cuando entiendo que el dolor que soportaba en su interior debía ser tan grande
que, solo llegar a la casa donde había compartido tantas y tantas cosas con mi
madre, para él significaría un calvario. Pero él no era el único que sufría.
El primer día que llegué a las
instalaciones deportivas del Club de Remo, pensé que ocurriría como con los
anteriores pasatiempos: entrenaría a desgana un día, para callar al doctor
Esteban y así demostrar que no tenía la razón y el bucle en el que se había
convertido mi vida volvería a empezar. Pero aquello no ocurrió. Comencé el
entrenamiento y me gustó, me gustó tanto que aquel verano lo dediqué al club de
remo por completo. Entrenaba todo el día y llegaba a casa tan cansado que
después de cenar me iba a la cama directamente, solo con la esperanza de que
amaneciese pronto para volver a irme al club. Tal y como mi padre había
encontrado en su trabajo la forma de superar la ausencia de mi madre, yo la
había encontrado en el remo y hasta hoy aún sigo disfrutando de ese maravilloso
deporte, aunque debido a mis estudios no con tanta frecuencia como me gustaría.
El club me dio la llave para una
nueva vida: conocí a gente maravillosa, hice muchos amigos, transformé mi
cuerpo por completo y me enamoré por primera vez. Hasta entonces mi único
contacto «sexual» con un chico había sido de pequeños, aproximadamente con unos
seis años, cuando mis padres nos llevaron de vacaciones al pirineo aragonés a
la casa de unos amigos suyos, que tenían un hijo de más o menos mi edad. Borja
era un niño resultón, travieso y bastante consentido, lo que le otorgaba el
papel de mandamás. Yo me dejaba llevar, era un niño bastante tímido —aunque con
el tiempo esa timidez haya desaparecido—, y me dejaba dirigir por él. La cosa
es que cuando estábamos a solas él me enseñaba los besos de los mayores, como
él mismo los llamaba, y yo, aunque carecía por entonces de apetito sexual, ya
apuntaba maneras porque el secretismo y el riesgo a ser descubiertos me hacía
verlo interesante. No hicimos mucho más, al menos durante los primeros años. Más
tarde, ya con unos once años, me enseñó lo que era la masturbación y el placer
de que lo hagan otros. Un par de años más tarde ambos comenzamos a tener novias
y nuestros encuentros sexuales pasaron a un simple recuerdo.
Con Andrés fue diferente, tuvimos
una conexión casi instantánea y una atracción mutua, palpable desde que nos
vimos por primera vez. Cuando nos conocimos yo ya llevaba como seis meses en el
club de remo, había hecho de aquello mi casa. Era un lunes de octubre, llegué
como de costumbre sobre las cinco de la tarde, saludé a la recepcionista y me
encaminé por el pasillo hasta llegar a las escaleras, bajé a la planta inferior
y, mientras apagaba mi Ipod antes de
agarrar el pomo de la puerta, esta se abrió rápidamente y me golpeó en la
cabeza. Solté un «joder» con aire un tanto malhumorado y me llevé la mano a la
cabeza.
—Ostias, lo siento, perdón —contestó
rápidamente la persona que iba saliendo.
—Bah, no pasa nada, estoy bien —contesté,
quitándole importancia. Levanté la vista y vi a un chico castaño, con el pelo
corto peinado hacia atrás, unos increíbles ojos verdes, con largas pestañas
oscuras. Tenía la piel clara, los carrillos delgados y los labios eran carnosos
y muy encarnados, escondiendo una dentadura perfecta y blanca. Llevaba un
neopreno negro con motivos celestes y dejaba ver una cintura estrecha, una
espalda ancha y un torso fibrado. Durante unos segundos me quedé absorto
mirándolo, y a él le ocurrió lo mismo. No sabría decir exactamente cuánto
tiempo pasó desde que nuestras miradas se encontraron hasta que él rompió el
silencio.
—¿De verdad? ¿Estás bien? Tío, lo
siento abrí sin mirar… —su tono era un poco airado.
— En serio, estoy bien… bueno,
hasta otra —contesté, intentando comportarme de una forma normal. Abrí la
puerta del vestuario y entré a cambiarme sin mirar de nuevo al misterioso
chico. Nunca lo había visto por allí y eso me intrigaba. Resultó ser el sobrino
del entrenador. Era de Valencia y tenía un par de años más que yo. Acababa de
llegar a Madrid para comenzar el primer curso de ingeniería aeroespacial en la
Universidad Carlos III y, como la pasión por el remo le venía de familia, su
tío se había asegurado de que seguía entrenando para competir.
Ese fue nuestro primer contacto.
Comenzamos a entrenar juntos y al poco tiempo empezamos a quedar a diario para
estudiar después del entrenamiento. En unos meses nos hicimos amigos
inseparables. Había pasado la navidad, y sus exámenes estaban a la vuelta de la
esquina. Como de costumbre, quedábamos para estudiar juntos, ya fuese en mi
casa o en la suya. Una fría tarde de enero, cada uno leía de sus respectivos
apuntes, sentados en el gran escritorio de su habitación, en silencio, como
hacíamos cada tarde. Sus tíos habían salido a hacer la compra y estábamos solos
en casa. Yo memorizaba fechas de la crisis del antiguo régimen en España,
mientras que él jugueteaba a hacer girar el bolígrafo entre sus dedos, una manía
suya que yo no llegaba a entender, pero con la que tenía bastante soltura. En
uno de esos giros, el bolígrafo salió disparado en mi dirección y fue a caer al
lado de mi mano, que jugueteaba con la esquina superior del libro. Él fue a
alcanzar el bolígrafo sin levantar la vista de los apuntes y su mano fue a
aterrizar sobre la mía. Admito que desde el primer día en que lo vi en el club
de remo, había sentido una extraña atracción por él, pero no llegaba a entender
a qué se debía. Al sentir su mano sobre la mía mi cuerpo se sobresaltó, mi respiración
se cortó de pronto, la piel se me erizó y el rubor corrió por mis mejillas. Dirigí
mi mirada hacia sus ojos y le vi contemplando mi reacción con un extraño
misterio en sus ojos. Yo estaba petrificado. En mi pecho mi corazón se removía
con fuerza, y pude sentir un extraño frío bajando hasta el estómago, mi cuerpo
se sobrecogió por completo y su respuesta fue acercarse unos centímetros a mí,
sin dejar de mirarme a los ojos. Lentamente yo hice lo mismo sin pestañear,
observando cómo sus ojos verdes miraban a los míos. Poco a poco fuimos
acercándonos hasta que nuestros labios se encontraron. Besaba de forma genial.
Yo cerré los ojos y me dejé llevar, él soltó mi mano y me rodeó la nuca,
tirando suavemente hacia él. Yo le seguí y al poco nos besábamos de la forma
más pasional en la que había besado a alguien hasta el momento. Seguimos
besándonos durante unos minutos, cada vez más cerca el uno del otro. Andrés me comenzó
a acariciar suave y lentamente con su mano pasando desde mi nuca hasta mi
hombro, desde mi hombro hasta mi pecho, bajando después a mi abdomen, después
hasta mi costado para volver al abdomen y terminar sobre mi entrepierna, donde
mi pene hacía rato que había despertado al deseo.
Yo comencé a besarle hasta llegar
al cuello, haciendo hincapié en la zona bajo sus orejas y jugueteando con la
lengua en su lóbulo. Él se encogía ligeramente cuando tocaba su lóbulo y notaba
cómo aspiraba más fuerte: había encontrado su punto débil. De pronto, Andrés se
separó de mí y me observó dubitativo por unos segundos. Yo le respondí
complacido con una leve sonrisa y él se puso en pie y me arrastró hacia la cama,
donde aterrizamos abrazados volviendo a besarnos. A cada minuto que pasaba, la
pasión iba en aumento. Llegados a ese punto, la ropa nos sobraba y fui yo quien
dio el primer paso. Tiré de su camiseta hacia arriba y descubrí su pecho
fibrado. Eran tantas las veces que lo había visto desnudo en los vestuarios del
club que ahora entendía que lo que sentía era atracción. Andrés terminó de
quitarse la camiseta y después hizo lo propio con la mía. Pegamos nuestros
cuerpos besándonos y rodando por la cama, sintiendo el calor de su carne junto
a la mía y el bulto de su pene erecto, que buscaba la salida a través del
pantalón de chándal negro. Fue él quien dio esta vez el paso y comenzó a tirar
hacia abajo mis pantalones. Se las amañó para no despegarse de mí y conseguir
desnudarme por completo. Yo lo intenté tras él pero me fue imposible, tuvo que
terminar por patalear un poco para librarse de la maraña de sus pantalones que
estaban enredados en sus pies. Por fin estábamos totalmente desnudos, su pene
erguido se imponía frente a mí. Comenzamos a besarnos de nuevo y a seguir
rodando por la cama, sin pronunciar palabra alguna, hasta quedar él sobre mí.
Comenzó a besarme bajando por mi cuello, recorriendo mi pecho hasta llegar a mi
abdomen y siguió besándome hasta llegar a mi miembro. Mi cuerpo se estremecía
de placer. Tomó mi miembro y lo introdujo en su boca. Comenzó a succionar y a
mover su cabeza hacia adelante y hacia atrás. Era la primera vez que un hombre
me la comía, pero tal y como lo hacía, no era de extrañar que tuviese algo de
experiencia. Aún así yo estaba disfrutando como nunca, agarraba con fuerza el
edredón entre mis puños mientras él seguía adelante y atrás haciéndome tocar el
cielo.
Yo quise responder de la misma
manera, le tomé la barbilla con los dedos y suavemente le arrastré de nuevo su
boca junto a la mía. Rodamos una vez más hasta que yo quedé sobre él y comencé
a bajar acariciando con mi lengua todo el camino desde su boca hasta su
miembro. Jamás lo había hecho, pero deseaba meterme en la boca su pene y
hacerle las mismas cosas que él me había hecho a mí. Agarré su pene con mi mano
mientras lo introducía lentamente en mi boca. Una vez estuvo dentro, cerré los
labios, rodeando su miembro con mimo, y jugueteé con mi lengua. Su cuerpo se
estremeció mientras notaba en mis papilas el regusto salado de su falo. Fue una
sensación extraña pero agradable, muy diferente a una vagina. Hice lo propio y
comencé a jugar a meter y sacar su pene de mi boca acariciándolo con mi lengua
y mis labios, ayudado por mi mano, que lo acariciaba en toda su extensión desde
arriba hacia abajo. Seguí en aquel trabajo durante unos minutos, de vez en
cuando miraba a Andrés tímidamente. Estaba muy excitado y con los ojos
cerrados, veía como su pecho se hinchaba y se relajaba con rapidez. De vez en
cuando resoplaba, sobre todo cuando mordí con suavidad la punta de su pene,
momento en el que Andrés abrió los ojos y me miró excitado, lanzándome una
sonrisa con sus labios encarnados coronados con la perfecta dentadura. Me lo
saqué de la boca y volví a subir hasta besarnos de nuevo. Él rodeó con sus
piernas mi cintura mientras me abrazaba y tiraba de mí hacia él con sus brazos.
Yo comencé a besarle de nuevo el cuello mientras mi pene jugueteaba bajo sus
testículos. Noté cómo Andrés se retorcía levemente. Me incorporé un poco y vi
cómo acercaba la mano a su boca y la humedecía generosamente para luego
retorcerse de nuevo y bajar hasta su trasero. Seguidamente me miró a los ojos,
sonriendo mientras empuñaba mi pene en dirección a su ano.
—Con suavidad —dijo en un
susurro. Empujé, cauteloso, mientras él movía sus caderas buscando el camino
para que mi miembro lo penetrase. Seguí empujando y pude sentir cómo poco a
poco iba introduciéndome hacia adentro—. Espera, un segundo —dijo de nuevo en
voz baja. Volvió a humedecerse la mano con saliva para llevarla a mi pene.
Volví a colocarlo en posición y empujé de nuevo suavemente, las paredes de su
ano iban dilatándose conforme yo empujaba y cuanto más entraba, más sentía en
mi pene la calidez de su interior. El cuerpo de Andrés se estremeció a la par
que él mismo empujaba mis caderas hacia sí mismo. Ya estaba completamente
dentro, moví hacia atrás mis caderas y fui introduciendo y sacando rítmicamente
mi pene.
Seguí penetrándolo mientras nos
besábamos. Él de vez en cuando soltaba un jadeo entre su respiración, me
miraba, cerraba los ojos y volvía a tirar de mis caderas hacia dentro. Subí el
ritmo un poco y él contestó mordiéndome el labio inferior con suavidad. Comencé
a jugar con los ritmos, aceleraba durante unos segundos para luego volverlo más
lento, mientras las paredes prietas de su ano sobre mi pene me estremecían de
placer. Me erguí sobre mis brazos mientras seguía penetrándole para poder
observarlo. Él volvió a agarrar mi cintura y a acompañar el movimiento
intentando que acelerase. Le hice caso y nuestras respiraciones se hicieron más
rápidas.
—Sigue… sí... —musitó. Yo aceleré
aun más y él abrazó su pene con su mano y comenzó a frotarlo con fuerza. Mientras
comenzaba a jadear, yo aceleré aun más el ritmo al tiempo que su semen
comenzaba a salir despedido con fuerza, aterrizando en su abdomen y su pecho,
como pequeñas gotas blanquecinas. Un espasmo recorrió mi cuerpo, seguido de
otro y otro más. Seguí penetrándole por unos segundos hasta el momento en que
sabía que iba a correrme. Cerré los ojos y saqué mi pene y en la misma posición
comencé a frotarlo hacia arriba y hacia abajo. Una gran sacudida me recorrió
todo el cuerpo mientras mi semen se encontraba con el suyo sobre su abdomen. La
calma volvió a mi cuerpo. Abrí los ojos y miré a Andrés. Él me observaba
sonriendo. Le devolví la sonrisa y le besé.
Continuará...

