jueves, 25 de abril de 2013

Capitulo 2.- Descubriendo mi sexualidad.

La experiencia que viví junto a Jaime en las duchas del gimnasio marcó un punto de inflexión en mi vida. Sentía como si me hubiese liberado de un peso que me oprimía: había liberado mi sexualidad por completo. Hasta la muerte de mi madre a mis quince años, yo había sido el hijo ejemplar: buen estudiante, deportista, sano, educado, en resumen, el hijo que toda madre querría tener. Aproximadamente un año antes de su muerte le diagnosticaron cáncer de útero. Antes de aquello mi madre era jovial, alegre, en su rostro siempre había una sonrisa que complementaba con la alegría de sus ojos verde esmeralda. Medía alrededor de un metro setenta y mantenía un cuerpo delgado aún después de haber dado a luz a mi hermana y a mí. De pequeño me encantaba dormir junto a ella oliendo la suave fragancia a vainilla de su larga cabellera negra y ondulada. Fue lo primero que perdió tras comenzar el tratamiento de quimioterapia, pero aun así el brillo de sus ojos no la abandonaba. Tras su muerte, me refugié en mi interior, me volví un chico introvertido y rebelde. No quería salir de casa, no quería estudiar, dejé el equipo de atletismo y ni tan siquiera contestaba a las llamadas de mis amigos.

A imposición de mi padre, comencé un tratamiento psicológico seis meses después de la muerte de mi madre. Iba dos veces en semana a hablar con el doctor, pero no fue hasta el cuarto mes de tratamiento cuando conseguí abrirme a él. En ese momento había perdido el curso académico, mis notas eran catastróficas y en clase solo me dedicaba a dibujar garabatos en el cuaderno mientras mi mente estaba absorta en cualquier otro lugar. El psicólogo consiguió ganarse mi confianza y gracias a él y a Mariana, nuestra ama de llaves desde que tengo uso de razón, conseguí recuperar la alegría. El doctor Esteban me convenció para que dedicase mi tiempo libre a algún deporte, probé con fútbol, baloncesto, tenis, equitación y alguno que otro más, pero me cansaba tan pronto como comenzaba. Ninguno me llamó tanto la atención como lo hizo el remo.

Yo por entonces era un adolescente de más de metro setenta, delgado o más bien enclenque, con 16 años recién cumplidos. Había perdido el curso académico, por lo que tendría que repetir 4º de la E.S.O., motivo oficial de mi padre para quedarnos en Madrid y no viajar como de costumbre a Filadelfia para visitar a la familia de mi padre. Lo cierto es que, desde la muerte de mi madre, nunca volvimos a ir juntos a EE. UU. Creo que, en el fondo, el poco interés de mi familia paterna en la enfermedad de mi madre enfrió aun más la relación de mi padre con su familia que, casi como él, eran despegados, fríos, antipáticos y autoritarios. Desde que mi madre murió, mi padre se aferró a su trabajo. Supongo que fue ahí donde encontró su válvula de escape. Tal era su obsesión por el trabajo, que llegué a pensar que la falta de mi madre le era indiferente e incluso le odié por ello y, aunque las relaciones con mi padre no han mejorado demasiado con el tiempo, es ahora cuando entiendo que el dolor que soportaba en su interior debía ser tan grande que, solo llegar a la casa donde había compartido tantas y tantas cosas con mi madre, para él significaría un calvario. Pero él no era el único que sufría.


El primer día que llegué a las instalaciones deportivas del Club de Remo, pensé que ocurriría como con los anteriores pasatiempos: entrenaría a desgana un día, para callar al doctor Esteban y así demostrar que no tenía la razón y el bucle en el que se había convertido mi vida volvería a empezar. Pero aquello no ocurrió. Comencé el entrenamiento y me gustó, me gustó tanto que aquel verano lo dediqué al club de remo por completo. Entrenaba todo el día y llegaba a casa tan cansado que después de cenar me iba a la cama directamente, solo con la esperanza de que amaneciese pronto para volver a irme al club. Tal y como mi padre había encontrado en su trabajo la forma de superar la ausencia de mi madre, yo la había encontrado en el remo y hasta hoy aún sigo disfrutando de ese maravilloso deporte, aunque debido a mis estudios no con tanta frecuencia como me gustaría.



El club me dio la llave para una nueva vida: conocí a gente maravillosa, hice muchos amigos, transformé mi cuerpo por completo y me enamoré por primera vez. Hasta entonces mi único contacto «sexual» con un chico había sido de pequeños, aproximadamente con unos seis años, cuando mis padres nos llevaron de vacaciones al pirineo aragonés a la casa de unos amigos suyos, que tenían un hijo de más o menos mi edad. Borja era un niño resultón, travieso y bastante consentido, lo que le otorgaba el papel de mandamás. Yo me dejaba llevar, era un niño bastante tímido —aunque con el tiempo esa timidez haya desaparecido—, y me dejaba dirigir por él. La cosa es que cuando estábamos a solas él me enseñaba los besos de los mayores, como él mismo los llamaba, y yo, aunque carecía por entonces de apetito sexual, ya apuntaba maneras porque el secretismo y el riesgo a ser descubiertos me hacía verlo interesante. No hicimos mucho más, al menos durante los primeros años. Más tarde, ya con unos once años, me enseñó lo que era la masturbación y el placer de que lo hagan otros. Un par de años más tarde ambos comenzamos a tener novias y nuestros encuentros sexuales pasaron a un simple recuerdo.

Con Andrés fue diferente, tuvimos una conexión casi instantánea y una atracción mutua, palpable desde que nos vimos por primera vez. Cuando nos conocimos yo ya llevaba como seis meses en el club de remo, había hecho de aquello mi casa. Era un lunes de octubre, llegué como de costumbre sobre las cinco de la tarde, saludé a la recepcionista y me encaminé por el pasillo hasta llegar a las escaleras, bajé a la planta inferior y, mientras apagaba mi Ipod antes de agarrar el pomo de la puerta, esta se abrió rápidamente y me golpeó en la cabeza. Solté un «joder» con aire un tanto malhumorado y me llevé la mano a la cabeza.
—Ostias, lo siento, perdón —contestó rápidamente la persona que iba saliendo.
—Bah, no pasa nada, estoy bien —contesté, quitándole importancia. Levanté la vista y vi a un chico castaño, con el pelo corto peinado hacia atrás, unos increíbles ojos verdes, con largas pestañas oscuras. Tenía la piel clara, los carrillos delgados y los labios eran carnosos y muy encarnados, escondiendo una dentadura perfecta y blanca. Llevaba un neopreno negro con motivos celestes y dejaba ver una cintura estrecha, una espalda ancha y un torso fibrado. Durante unos segundos me quedé absorto mirándolo, y a él le ocurrió lo mismo. No sabría decir exactamente cuánto tiempo pasó desde que nuestras miradas se encontraron hasta que él rompió el silencio.
—¿De verdad? ¿Estás bien? Tío, lo siento abrí sin mirar… —su tono era un poco airado.
— En serio, estoy bien… bueno, hasta otra —contesté, intentando comportarme de una forma normal. Abrí la puerta del vestuario y entré a cambiarme sin mirar de nuevo al misterioso chico. Nunca lo había visto por allí y eso me intrigaba. Resultó ser el sobrino del entrenador. Era de Valencia y tenía un par de años más que yo. Acababa de llegar a Madrid para comenzar el primer curso de ingeniería aeroespacial en la Universidad Carlos III y, como la pasión por el remo le venía de familia, su tío se había asegurado de que seguía entrenando para competir.

Ese fue nuestro primer contacto. Comenzamos a entrenar juntos y al poco tiempo empezamos a quedar a diario para estudiar después del entrenamiento. En unos meses nos hicimos amigos inseparables. Había pasado la navidad, y sus exámenes estaban a la vuelta de la esquina. Como de costumbre, quedábamos para estudiar juntos, ya fuese en mi casa o en la suya. Una fría tarde de enero, cada uno leía de sus respectivos apuntes, sentados en el gran escritorio de su habitación, en silencio, como hacíamos cada tarde. Sus tíos habían salido a hacer la compra y estábamos solos en casa. Yo memorizaba fechas de la crisis del antiguo régimen en España, mientras que él jugueteaba a hacer girar el bolígrafo entre sus dedos, una manía suya que yo no llegaba a entender, pero con la que tenía bastante soltura. En uno de esos giros, el bolígrafo salió disparado en mi dirección y fue a caer al lado de mi mano, que jugueteaba con la esquina superior del libro. Él fue a alcanzar el bolígrafo sin levantar la vista de los apuntes y su mano fue a aterrizar sobre la mía. Admito que desde el primer día en que lo vi en el club de remo, había sentido una extraña atracción por él, pero no llegaba a entender a qué se debía. Al sentir su mano sobre la mía mi cuerpo se sobresaltó, mi respiración se cortó de pronto, la piel se me erizó y el rubor corrió por mis mejillas. Dirigí mi mirada hacia sus ojos y le vi contemplando mi reacción con un extraño misterio en sus ojos. Yo estaba petrificado. En mi pecho mi corazón se removía con fuerza, y pude sentir un extraño frío bajando hasta el estómago, mi cuerpo se sobrecogió por completo y su respuesta fue acercarse unos centímetros a mí, sin dejar de mirarme a los ojos. Lentamente yo hice lo mismo sin pestañear, observando cómo sus ojos verdes miraban a los míos. Poco a poco fuimos acercándonos hasta que nuestros labios se encontraron. Besaba de forma genial. Yo cerré los ojos y me dejé llevar, él soltó mi mano y me rodeó la nuca, tirando suavemente hacia él. Yo le seguí y al poco nos besábamos de la forma más pasional en la que había besado a alguien hasta el momento. Seguimos besándonos durante unos minutos, cada vez más cerca el uno del otro. Andrés me comenzó a acariciar suave y lentamente con su mano pasando desde mi nuca hasta mi hombro, desde mi hombro hasta mi pecho, bajando después a mi abdomen, después hasta mi costado para volver al abdomen y terminar sobre mi entrepierna, donde mi pene hacía rato que había despertado al deseo.

Yo comencé a besarle hasta llegar al cuello, haciendo hincapié en la zona bajo sus orejas y jugueteando con la lengua en su lóbulo. Él se encogía ligeramente cuando tocaba su lóbulo y notaba cómo aspiraba más fuerte: había encontrado su punto débil. De pronto, Andrés se separó de mí y me observó dubitativo por unos segundos. Yo le respondí complacido con una leve sonrisa y él se puso en pie y me arrastró hacia la cama, donde aterrizamos abrazados volviendo a besarnos. A cada minuto que pasaba, la pasión iba en aumento. Llegados a ese punto, la ropa nos sobraba y fui yo quien dio el primer paso. Tiré de su camiseta hacia arriba y descubrí su pecho fibrado. Eran tantas las veces que lo había visto desnudo en los vestuarios del club que ahora entendía que lo que sentía era atracción. Andrés terminó de quitarse la camiseta y después hizo lo propio con la mía. Pegamos nuestros cuerpos besándonos y rodando por la cama, sintiendo el calor de su carne junto a la mía y el bulto de su pene erecto, que buscaba la salida a través del pantalón de chándal negro. Fue él quien dio esta vez el paso y comenzó a tirar hacia abajo mis pantalones. Se las amañó para no despegarse de mí y conseguir desnudarme por completo. Yo lo intenté tras él pero me fue imposible, tuvo que terminar por patalear un poco para librarse de la maraña de sus pantalones que estaban enredados en sus pies. Por fin estábamos totalmente desnudos, su pene erguido se imponía frente a mí. Comenzamos a besarnos de nuevo y a seguir rodando por la cama, sin pronunciar palabra alguna, hasta quedar él sobre mí. Comenzó a besarme bajando por mi cuello, recorriendo mi pecho hasta llegar a mi abdomen y siguió besándome hasta llegar a mi miembro. Mi cuerpo se estremecía de placer. Tomó mi miembro y lo introdujo en su boca. Comenzó a succionar y a mover su cabeza hacia adelante y hacia atrás. Era la primera vez que un hombre me la comía, pero tal y como lo hacía, no era de extrañar que tuviese algo de experiencia. Aún así yo estaba disfrutando como nunca, agarraba con fuerza el edredón entre mis puños mientras él seguía adelante y atrás haciéndome tocar el cielo.

Yo quise responder de la misma manera, le tomé la barbilla con los dedos y suavemente le arrastré de nuevo su boca junto a la mía. Rodamos una vez más hasta que yo quedé sobre él y comencé a bajar acariciando con mi lengua todo el camino desde su boca hasta su miembro. Jamás lo había hecho, pero deseaba meterme en la boca su pene y hacerle las mismas cosas que él me había hecho a mí. Agarré su pene con mi mano mientras lo introducía lentamente en mi boca. Una vez estuvo dentro, cerré los labios, rodeando su miembro con mimo, y jugueteé con mi lengua. Su cuerpo se estremeció mientras notaba en mis papilas el regusto salado de su falo. Fue una sensación extraña pero agradable, muy diferente a una vagina. Hice lo propio y comencé a jugar a meter y sacar su pene de mi boca acariciándolo con mi lengua y mis labios, ayudado por mi mano, que lo acariciaba en toda su extensión desde arriba hacia abajo. Seguí en aquel trabajo durante unos minutos, de vez en cuando miraba a Andrés tímidamente. Estaba muy excitado y con los ojos cerrados, veía como su pecho se hinchaba y se relajaba con rapidez. De vez en cuando resoplaba, sobre todo cuando mordí con suavidad la punta de su pene, momento en el que Andrés abrió los ojos y me miró excitado, lanzándome una sonrisa con sus labios encarnados coronados con la perfecta dentadura. Me lo saqué de la boca y volví a subir hasta besarnos de nuevo. Él rodeó con sus piernas mi cintura mientras me abrazaba y tiraba de mí hacia él con sus brazos. Yo comencé a besarle de nuevo el cuello mientras mi pene jugueteaba bajo sus testículos. Noté cómo Andrés se retorcía levemente. Me incorporé un poco y vi cómo acercaba la mano a su boca y la humedecía generosamente para luego retorcerse de nuevo y bajar hasta su trasero. Seguidamente me miró a los ojos, sonriendo mientras empuñaba mi pene en dirección a su ano.
—Con suavidad —dijo en un susurro. Empujé, cauteloso, mientras él movía sus caderas buscando el camino para que mi miembro lo penetrase. Seguí empujando y pude sentir cómo poco a poco iba introduciéndome hacia adentro—. Espera, un segundo —dijo de nuevo en voz baja. Volvió a humedecerse la mano con saliva para llevarla a mi pene. Volví a colocarlo en posición y empujé de nuevo suavemente, las paredes de su ano iban dilatándose conforme yo empujaba y cuanto más entraba, más sentía en mi pene la calidez de su interior. El cuerpo de Andrés se estremeció a la par que él mismo empujaba mis caderas hacia sí mismo. Ya estaba completamente dentro, moví hacia atrás mis caderas y fui introduciendo y sacando rítmicamente mi pene.

Seguí penetrándolo mientras nos besábamos. Él de vez en cuando soltaba un jadeo entre su respiración, me miraba, cerraba los ojos y volvía a tirar de mis caderas hacia dentro. Subí el ritmo un poco y él contestó mordiéndome el labio inferior con suavidad. Comencé a jugar con los ritmos, aceleraba durante unos segundos para luego volverlo más lento, mientras las paredes prietas de su ano sobre mi pene me estremecían de placer. Me erguí sobre mis brazos mientras seguía penetrándole para poder observarlo. Él volvió a agarrar mi cintura y a acompañar el movimiento intentando que acelerase. Le hice caso y nuestras respiraciones se hicieron más rápidas.
—Sigue… sí... —musitó. Yo aceleré aun más y él abrazó su pene con su mano y comenzó a frotarlo con fuerza. Mientras comenzaba a jadear, yo aceleré aun más el ritmo al tiempo que su semen comenzaba a salir despedido con fuerza, aterrizando en su abdomen y su pecho, como pequeñas gotas blanquecinas. Un espasmo recorrió mi cuerpo, seguido de otro y otro más. Seguí penetrándole por unos segundos hasta el momento en que sabía que iba a correrme. Cerré los ojos y saqué mi pene y en la misma posición comencé a frotarlo hacia arriba y hacia abajo. Una gran sacudida me recorrió todo el cuerpo mientras mi semen se encontraba con el suyo sobre su abdomen. La calma volvió a mi cuerpo. Abrí los ojos y miré a Andrés. Él me observaba sonriendo. Le devolví la sonrisa y le besé.

Esa había sido mi primera experiencia sexual con un chico, poco después supe que no era así para Andrés. Él ya había tenido algún que otro escarceo anterior, aunque era uno de sus secretos mejor guardados. Andrés y yo comenzamos entonces una relación corta pero intensa, eso sí, absolutamente secreta. Aprendí muchísimo de aquello y, además, junto a él descubrí parte de mi sexualidad. 

                                                                   Continuará...

jueves, 18 de abril de 2013

Capitulo 1 - Mi primera vez

Me llamo Logan, tengo 24 años y me encanta el sexo, en labios de mi padre sonaría peor, porque utilizaría términos como adicto, ninfómano, guarro, pervertido y cientos de calificativos peyorativos, pero yo prefiero llamarme hipersexual, suena mucho mejor. La cuestión es que mi hipersexualidad se agudiza cuando el escenario no es el más adecuado. Resumiendo, me gusta tener sexo en lugares poco convencionales.

Esta costumbre comenzó a los 19 años, sí, algo tardía, aunque yo ya llevaba desde los 14 teniendo relaciones con chicas y desde los 17 también con algún que otro chico. Supongo que esta inclinación ya se dejaba ver desde antes, y quizás se debía a eso que me pusiese tan cachondo darme el lote con mis novias en la hierba del parque o en la arena de la playa, incluso mucho más que en una cama. La cuestión es que hasta ese momento no me había dado cuenta de lo placentero que es follar en un sitio público, donde puedes ser objeto de miradas furtivas.

Además, siempre he vivido mi sexualidad con total libertad, nunca me he etiquetado de hetero, gay o bisexual, disfruto con el sexo, sea del que sea. Si a eso le añadimos que en el reparto biológico he tenido la suerte de nacer con un cuerpo fibrado y esbelto, 1.80 metros de altura, 79 kg. de peso, piel morena y pelo castaño oscuro y una cara bonita adornada con unos ojos azul cielo, la verdad es que no lo he tenido difícil a la hora de encontrar acompañante.

Mi primera vez en un sitio público fue en las duchas del gimnasio donde entrenaba. Acababa de cambiar mi gimnasio de barrio por uno mucho más grande recién abierto cerca de la universidad donde estudio. Normalmente iba a entrenar por la tarde noche, pero ese día decidí saltarme la única clase que quedaba e irme a soltar adrenalina al gimnasio. Hasta aquí todo normal, fue cuando entrenaba pecho en el press de banca horizontal cuando comenzó el «cortejo». Tengo la costumbre de darme caña en el gimnasio, lo que se traduce en que termino con los músculos destrozados de cargar como un animal, por lo que a veces necesito algo de ayuda para terminar de tirar en algún ejercicio, sobre todo al final. Fue entonces, cuando casi los brazos te van fallando, que mi romeo particular entró en acción.

Tenía aproximadamente mi altura, rubio, rapado y con barbita de dos días, ojos grises y unos labios carnosos que mostraban, tras una sonrisa picarona, unas paletas ligeramente separadas, lo que le daba un aire malote bastante interesante. Su cuerpo era todo fibra, y su camiseta roja con las mangas cortadas dejaba ver unos brazos bien trabajados, aunque lo que más me llamó la atención fueron sus piernas, en concreto sus gemelos. Tenía por gemelos dos balones de rugby y vestía un pantalón tan corto que desde mi posición tumbada podía entrever un calzoncillo blanco liso bien relleno. Se había colocado detrás de la máquina, justo encima de mi cabeza y me había comenzado a ayudar a cargar la barra en las últimas repeticiones. Cuando posé por fin la barra en la máquina y me incorporé para agradecerle la ayuda sus ojos me escanearon al completo y lo único que soltó fue un «de nada» junto con un guiño, después de mi «Gracias».
—Si me necesitas, estoy por aquí —me dijo moviendo ligeramente la cabeza a la derecha, señalando las máquinas de piernas, yo asentí con la cabeza y esbocé una sonrisa y él recogió su toalla del suelo y se dirigió hacia donde me había señalado antes.

Los siguientes minutos fueron una batalla de miradas furtivas entre él y yo y alguna que otra sonrisa. Ya solo me quedaba el último de los ejercicios, apertura. Me senté en la maquina y comencé a hacer el ejercicio. En el cambio de máquinas había perdido de vista al maromo misterioso y no fue hasta el final del ejercicio cuando lo volví a ver, esta vez frente a mí, en la zona de abdominales. Miraba hacia un lado y hacia otro, algo nervioso, como si temiese que alguien lo estuviese viendo, eso me ponía aun más, pero ya fue cuando se aseguró de que nadie lo miraba cuando bajó la cabeza, pasó su mano por sus minúsculos shorts, apretando ligeramente el paquete y devolviéndome la mirada después. Mi gesto fue apartarle lentamente la vista, y de forma muy pícara morderme el labio inferior mientras sonreía con timidez. Estaba a mil por hora, su camiseta roja se le pegaba al cuerpo por el sudor y yo deseaba lamerle los pectorales y chuparle los pezones como si fuese lo último que fuese a hacer.


No sé cómo conseguí disimular la erección que tenía en ese momento, pero no podía seguir allí. Me encaminé a las taquillas que estaban en el sótano, junto a las duchas y los baños. Tenía que salir de allí o explotaría como una olla a presión sin válvula de escape. Abrí mi taquilla y saqué mi toalla de ducha, necesitaba una ducha fría, tenía que quitarme el calentón que acababa de entrarme. Había conseguido bajar un poco mi erección por lo que ya no era tan evidente. Me desnudé ajeno a mi alrededor, intentando quitar de mi mente la imagen del rubio agarrándose el paquete, pero fue imposible, la erección volvió a hacerse más patente, así que decidí meterme en la última de las duchas, al fondo del pasillo. Coloqué la toalla por encima de la madera que unía una ducha con otra y sin cerrar la puerta abrí por completo el grifo de agua fría. No noté cambio en la temperatura, pero el agua recorría mi cuerpo por todos sitios, mi pelo ya estaba completamente húmedo pero mi pene seguía erguido como si de una torre medieval se tratase. Pasaba mi mano lentamente por mi pecho, por mi abdomen, y volvía a subir hasta el cuello, terminando en la nuca. Levanté la cabeza y dejé que el agua me cayese directamente en la cara. Por fin sentía que la temperatura de mi cuerpo descendía a límites humanos, comencé a relajar mis músculos y a volver a la realidad. Cuando por fin me giré vi en la ducha de enfrente al rubio rapado de hacía un momento, pero esta vez desnudo. Su pecho parecía esculpido por la mejor escuela griega de escultura y sus abdominales, aunque asimétricos, parecían hechos a cincel. Se estaba enjabonando con la puerta abierta y mirando hacia mí, con su misma sonrisa picarona de hacía un momento, y entre sus piernas le colgaba un pene medio flácido que debía medir como 17 centímetros.

       Mi corazón volvió a latir sin freno y el gesto de mi cara de sorpresa le tuvo que trasponer un poco porque frunció el ceño, pero cuando miró hacia mi entrepierna, lo que antes era ya un pene en reposo, rápidamente volvió a la carga. Me sentía como un toro de miura en época de celo frente a una vaquilla. Estaba sin freno y, tras relajar el rostro con una nueva sonrisa que mostraba la separación de las paletas, me invitó a entrar en su ducha con un nuevo gesto de cabeza. Agarré la toalla, crucé el pasillo sin mirar y me introduje junto con el rubio en su ducha. Él fue a cerrar la puerta tras mi entrada pero, como si de un acto reflejo se tratase, la paré con la mano y volví a abrirla, lo miré sonriendo altivamente y al volver la mirada a su entrepierna vi que ahora su pene estaba completamente erecto. No era del todo recto, estaba ligeramente curvado a la izquierda y regado de venas que nacían en la base y lo recorrían en todo el cuerpo. Su glande era enorme y cabezudo. Me gustaba su forma, y el tacto al cogerlo con la mano me puso aún más a cien. Mientras se enjuagaba la espuma nos tocábamos, yo mordiéndome el labio inferior y él intentando contener la respiración rápida para no hacer demasiado ruido. De vez en cuando echaba un ojo hacia fuera. Su preocupación por que alguien nos viese metiéndonos mano en las duchas me ponía aún más.

Comenzamos a besarnos mientras nos tocábamos bajo el agua de la ducha. Nuestros penes se encontraban de vez en cuando, mientras nuestras manos hacían lo propio. Nos la acariciábamos hacia arriba y hacia abajo, lentamente, como si fuésemos a la par. Notaba que estaba igual de excitado que yo, sus pezones completamente contraídos. Me agaché ligeramente e introduje su pezón derecho entre mis labios, lo rodeé con mis dientes y comencé a mordisquearlo con suavidad. Él me contestó apretando mi pene aun más, señal de que la excitación iba en aumento. Yo hice lo mismo. Fue entonces cuando me empujó contra la pared de la ducha. Se agachó hasta ponerse en cuclillas y comenzó a felarme el miembro con energía. Succionaba, lamía y se ayudaba de la mano para pasarse el pene por los labios. Volvía a meterse el pene en la boca hasta que el glande le tocaba la garganta, una y otra vez. Mientras con la mano libre, a ratos, me acariciaba el culo y el pecho. Le agarré la cabeza con pasión y lo obligué lentamente a que se metiese mi pene aún más adentro. Un leve gesto de náusea le vino de repente. Cedí un poco y él, aún con mi miembro en la boca, miró hacia arriba, me guiñó el ojo y siguió su trabajo incansable. Yo estaba tan cachondo que si seguía así, no tardaría en llegar al orgasmo. Mi respiración se iba acelerando aún más, y el corazón se me iba a salir del pecho. Él seguía mamando y lamiendo, mientras con su otra mano se acariciaba su propio pene. Cuando tenía mi miembro fuera de la boca, lamía con fuerza mis testículos, provocándome más placer aún. Si hay algo que me encante es que me laman los huevos.

Mi respiración comenzó a acelerarse, signo de que iba a terminar corriéndome en breve. Apreté fuerte los labios y el puño. El chico lo notó y me volvió a guiñar el ojo mientras se la sacaba de la boca. Comenzó a acariciar con fuerza tanto la suya como la mía. El cosquilleo del orgasmo se hizo dueño de mi cuerpo y lo recorrió durante unos segundos muy generosos. Él siguió bombeando hasta que los espasmos me poseyeron y mi semen comenzó a salir con fuerza, aterrizando en el pecho del rapado, cosa que le excitó tanto que él también terminó corriéndose casi a la par.

Una vez hubimos terminado, nos miramos durante unos segundos de forma apasionada hasta que rompí esa tensión empujándolo bajo el agua. Salí de la ducha y cerré la puerta tras de mí, no sin antes guiñarle un ojo. Volví a mi ducha, terminé de asearme, me sequé y, una vez en las taquillas, me vestí, recogí todos mis bártulos, los metí en mi mochila y me dirigí a la zona de los lavabos, donde estaban los espejos y solía peinarme un poco antes de salir. Allí coincidimos el rubio y yo, nos despedimos con un ligero arqueo de cejas y seguí mi camino a casa. El chico se llamaba Jaime, ese día ni tan siquiera hablamos más de las cuatro palabras que cruzamos en la sala de máquinas, pero desde ese momento se convirtió en alguien recurrente en los mediodías de calentón en el gimnasio, aunque de esas experiencias ya hablaré en otro momento.
continuará...