jueves, 25 de abril de 2013

Capitulo 2.- Descubriendo mi sexualidad.

La experiencia que viví junto a Jaime en las duchas del gimnasio marcó un punto de inflexión en mi vida. Sentía como si me hubiese liberado de un peso que me oprimía: había liberado mi sexualidad por completo. Hasta la muerte de mi madre a mis quince años, yo había sido el hijo ejemplar: buen estudiante, deportista, sano, educado, en resumen, el hijo que toda madre querría tener. Aproximadamente un año antes de su muerte le diagnosticaron cáncer de útero. Antes de aquello mi madre era jovial, alegre, en su rostro siempre había una sonrisa que complementaba con la alegría de sus ojos verde esmeralda. Medía alrededor de un metro setenta y mantenía un cuerpo delgado aún después de haber dado a luz a mi hermana y a mí. De pequeño me encantaba dormir junto a ella oliendo la suave fragancia a vainilla de su larga cabellera negra y ondulada. Fue lo primero que perdió tras comenzar el tratamiento de quimioterapia, pero aun así el brillo de sus ojos no la abandonaba. Tras su muerte, me refugié en mi interior, me volví un chico introvertido y rebelde. No quería salir de casa, no quería estudiar, dejé el equipo de atletismo y ni tan siquiera contestaba a las llamadas de mis amigos.

A imposición de mi padre, comencé un tratamiento psicológico seis meses después de la muerte de mi madre. Iba dos veces en semana a hablar con el doctor, pero no fue hasta el cuarto mes de tratamiento cuando conseguí abrirme a él. En ese momento había perdido el curso académico, mis notas eran catastróficas y en clase solo me dedicaba a dibujar garabatos en el cuaderno mientras mi mente estaba absorta en cualquier otro lugar. El psicólogo consiguió ganarse mi confianza y gracias a él y a Mariana, nuestra ama de llaves desde que tengo uso de razón, conseguí recuperar la alegría. El doctor Esteban me convenció para que dedicase mi tiempo libre a algún deporte, probé con fútbol, baloncesto, tenis, equitación y alguno que otro más, pero me cansaba tan pronto como comenzaba. Ninguno me llamó tanto la atención como lo hizo el remo.

Yo por entonces era un adolescente de más de metro setenta, delgado o más bien enclenque, con 16 años recién cumplidos. Había perdido el curso académico, por lo que tendría que repetir 4º de la E.S.O., motivo oficial de mi padre para quedarnos en Madrid y no viajar como de costumbre a Filadelfia para visitar a la familia de mi padre. Lo cierto es que, desde la muerte de mi madre, nunca volvimos a ir juntos a EE. UU. Creo que, en el fondo, el poco interés de mi familia paterna en la enfermedad de mi madre enfrió aun más la relación de mi padre con su familia que, casi como él, eran despegados, fríos, antipáticos y autoritarios. Desde que mi madre murió, mi padre se aferró a su trabajo. Supongo que fue ahí donde encontró su válvula de escape. Tal era su obsesión por el trabajo, que llegué a pensar que la falta de mi madre le era indiferente e incluso le odié por ello y, aunque las relaciones con mi padre no han mejorado demasiado con el tiempo, es ahora cuando entiendo que el dolor que soportaba en su interior debía ser tan grande que, solo llegar a la casa donde había compartido tantas y tantas cosas con mi madre, para él significaría un calvario. Pero él no era el único que sufría.


El primer día que llegué a las instalaciones deportivas del Club de Remo, pensé que ocurriría como con los anteriores pasatiempos: entrenaría a desgana un día, para callar al doctor Esteban y así demostrar que no tenía la razón y el bucle en el que se había convertido mi vida volvería a empezar. Pero aquello no ocurrió. Comencé el entrenamiento y me gustó, me gustó tanto que aquel verano lo dediqué al club de remo por completo. Entrenaba todo el día y llegaba a casa tan cansado que después de cenar me iba a la cama directamente, solo con la esperanza de que amaneciese pronto para volver a irme al club. Tal y como mi padre había encontrado en su trabajo la forma de superar la ausencia de mi madre, yo la había encontrado en el remo y hasta hoy aún sigo disfrutando de ese maravilloso deporte, aunque debido a mis estudios no con tanta frecuencia como me gustaría.



El club me dio la llave para una nueva vida: conocí a gente maravillosa, hice muchos amigos, transformé mi cuerpo por completo y me enamoré por primera vez. Hasta entonces mi único contacto «sexual» con un chico había sido de pequeños, aproximadamente con unos seis años, cuando mis padres nos llevaron de vacaciones al pirineo aragonés a la casa de unos amigos suyos, que tenían un hijo de más o menos mi edad. Borja era un niño resultón, travieso y bastante consentido, lo que le otorgaba el papel de mandamás. Yo me dejaba llevar, era un niño bastante tímido —aunque con el tiempo esa timidez haya desaparecido—, y me dejaba dirigir por él. La cosa es que cuando estábamos a solas él me enseñaba los besos de los mayores, como él mismo los llamaba, y yo, aunque carecía por entonces de apetito sexual, ya apuntaba maneras porque el secretismo y el riesgo a ser descubiertos me hacía verlo interesante. No hicimos mucho más, al menos durante los primeros años. Más tarde, ya con unos once años, me enseñó lo que era la masturbación y el placer de que lo hagan otros. Un par de años más tarde ambos comenzamos a tener novias y nuestros encuentros sexuales pasaron a un simple recuerdo.

Con Andrés fue diferente, tuvimos una conexión casi instantánea y una atracción mutua, palpable desde que nos vimos por primera vez. Cuando nos conocimos yo ya llevaba como seis meses en el club de remo, había hecho de aquello mi casa. Era un lunes de octubre, llegué como de costumbre sobre las cinco de la tarde, saludé a la recepcionista y me encaminé por el pasillo hasta llegar a las escaleras, bajé a la planta inferior y, mientras apagaba mi Ipod antes de agarrar el pomo de la puerta, esta se abrió rápidamente y me golpeó en la cabeza. Solté un «joder» con aire un tanto malhumorado y me llevé la mano a la cabeza.
—Ostias, lo siento, perdón —contestó rápidamente la persona que iba saliendo.
—Bah, no pasa nada, estoy bien —contesté, quitándole importancia. Levanté la vista y vi a un chico castaño, con el pelo corto peinado hacia atrás, unos increíbles ojos verdes, con largas pestañas oscuras. Tenía la piel clara, los carrillos delgados y los labios eran carnosos y muy encarnados, escondiendo una dentadura perfecta y blanca. Llevaba un neopreno negro con motivos celestes y dejaba ver una cintura estrecha, una espalda ancha y un torso fibrado. Durante unos segundos me quedé absorto mirándolo, y a él le ocurrió lo mismo. No sabría decir exactamente cuánto tiempo pasó desde que nuestras miradas se encontraron hasta que él rompió el silencio.
—¿De verdad? ¿Estás bien? Tío, lo siento abrí sin mirar… —su tono era un poco airado.
— En serio, estoy bien… bueno, hasta otra —contesté, intentando comportarme de una forma normal. Abrí la puerta del vestuario y entré a cambiarme sin mirar de nuevo al misterioso chico. Nunca lo había visto por allí y eso me intrigaba. Resultó ser el sobrino del entrenador. Era de Valencia y tenía un par de años más que yo. Acababa de llegar a Madrid para comenzar el primer curso de ingeniería aeroespacial en la Universidad Carlos III y, como la pasión por el remo le venía de familia, su tío se había asegurado de que seguía entrenando para competir.

Ese fue nuestro primer contacto. Comenzamos a entrenar juntos y al poco tiempo empezamos a quedar a diario para estudiar después del entrenamiento. En unos meses nos hicimos amigos inseparables. Había pasado la navidad, y sus exámenes estaban a la vuelta de la esquina. Como de costumbre, quedábamos para estudiar juntos, ya fuese en mi casa o en la suya. Una fría tarde de enero, cada uno leía de sus respectivos apuntes, sentados en el gran escritorio de su habitación, en silencio, como hacíamos cada tarde. Sus tíos habían salido a hacer la compra y estábamos solos en casa. Yo memorizaba fechas de la crisis del antiguo régimen en España, mientras que él jugueteaba a hacer girar el bolígrafo entre sus dedos, una manía suya que yo no llegaba a entender, pero con la que tenía bastante soltura. En uno de esos giros, el bolígrafo salió disparado en mi dirección y fue a caer al lado de mi mano, que jugueteaba con la esquina superior del libro. Él fue a alcanzar el bolígrafo sin levantar la vista de los apuntes y su mano fue a aterrizar sobre la mía. Admito que desde el primer día en que lo vi en el club de remo, había sentido una extraña atracción por él, pero no llegaba a entender a qué se debía. Al sentir su mano sobre la mía mi cuerpo se sobresaltó, mi respiración se cortó de pronto, la piel se me erizó y el rubor corrió por mis mejillas. Dirigí mi mirada hacia sus ojos y le vi contemplando mi reacción con un extraño misterio en sus ojos. Yo estaba petrificado. En mi pecho mi corazón se removía con fuerza, y pude sentir un extraño frío bajando hasta el estómago, mi cuerpo se sobrecogió por completo y su respuesta fue acercarse unos centímetros a mí, sin dejar de mirarme a los ojos. Lentamente yo hice lo mismo sin pestañear, observando cómo sus ojos verdes miraban a los míos. Poco a poco fuimos acercándonos hasta que nuestros labios se encontraron. Besaba de forma genial. Yo cerré los ojos y me dejé llevar, él soltó mi mano y me rodeó la nuca, tirando suavemente hacia él. Yo le seguí y al poco nos besábamos de la forma más pasional en la que había besado a alguien hasta el momento. Seguimos besándonos durante unos minutos, cada vez más cerca el uno del otro. Andrés me comenzó a acariciar suave y lentamente con su mano pasando desde mi nuca hasta mi hombro, desde mi hombro hasta mi pecho, bajando después a mi abdomen, después hasta mi costado para volver al abdomen y terminar sobre mi entrepierna, donde mi pene hacía rato que había despertado al deseo.

Yo comencé a besarle hasta llegar al cuello, haciendo hincapié en la zona bajo sus orejas y jugueteando con la lengua en su lóbulo. Él se encogía ligeramente cuando tocaba su lóbulo y notaba cómo aspiraba más fuerte: había encontrado su punto débil. De pronto, Andrés se separó de mí y me observó dubitativo por unos segundos. Yo le respondí complacido con una leve sonrisa y él se puso en pie y me arrastró hacia la cama, donde aterrizamos abrazados volviendo a besarnos. A cada minuto que pasaba, la pasión iba en aumento. Llegados a ese punto, la ropa nos sobraba y fui yo quien dio el primer paso. Tiré de su camiseta hacia arriba y descubrí su pecho fibrado. Eran tantas las veces que lo había visto desnudo en los vestuarios del club que ahora entendía que lo que sentía era atracción. Andrés terminó de quitarse la camiseta y después hizo lo propio con la mía. Pegamos nuestros cuerpos besándonos y rodando por la cama, sintiendo el calor de su carne junto a la mía y el bulto de su pene erecto, que buscaba la salida a través del pantalón de chándal negro. Fue él quien dio esta vez el paso y comenzó a tirar hacia abajo mis pantalones. Se las amañó para no despegarse de mí y conseguir desnudarme por completo. Yo lo intenté tras él pero me fue imposible, tuvo que terminar por patalear un poco para librarse de la maraña de sus pantalones que estaban enredados en sus pies. Por fin estábamos totalmente desnudos, su pene erguido se imponía frente a mí. Comenzamos a besarnos de nuevo y a seguir rodando por la cama, sin pronunciar palabra alguna, hasta quedar él sobre mí. Comenzó a besarme bajando por mi cuello, recorriendo mi pecho hasta llegar a mi abdomen y siguió besándome hasta llegar a mi miembro. Mi cuerpo se estremecía de placer. Tomó mi miembro y lo introdujo en su boca. Comenzó a succionar y a mover su cabeza hacia adelante y hacia atrás. Era la primera vez que un hombre me la comía, pero tal y como lo hacía, no era de extrañar que tuviese algo de experiencia. Aún así yo estaba disfrutando como nunca, agarraba con fuerza el edredón entre mis puños mientras él seguía adelante y atrás haciéndome tocar el cielo.

Yo quise responder de la misma manera, le tomé la barbilla con los dedos y suavemente le arrastré de nuevo su boca junto a la mía. Rodamos una vez más hasta que yo quedé sobre él y comencé a bajar acariciando con mi lengua todo el camino desde su boca hasta su miembro. Jamás lo había hecho, pero deseaba meterme en la boca su pene y hacerle las mismas cosas que él me había hecho a mí. Agarré su pene con mi mano mientras lo introducía lentamente en mi boca. Una vez estuvo dentro, cerré los labios, rodeando su miembro con mimo, y jugueteé con mi lengua. Su cuerpo se estremeció mientras notaba en mis papilas el regusto salado de su falo. Fue una sensación extraña pero agradable, muy diferente a una vagina. Hice lo propio y comencé a jugar a meter y sacar su pene de mi boca acariciándolo con mi lengua y mis labios, ayudado por mi mano, que lo acariciaba en toda su extensión desde arriba hacia abajo. Seguí en aquel trabajo durante unos minutos, de vez en cuando miraba a Andrés tímidamente. Estaba muy excitado y con los ojos cerrados, veía como su pecho se hinchaba y se relajaba con rapidez. De vez en cuando resoplaba, sobre todo cuando mordí con suavidad la punta de su pene, momento en el que Andrés abrió los ojos y me miró excitado, lanzándome una sonrisa con sus labios encarnados coronados con la perfecta dentadura. Me lo saqué de la boca y volví a subir hasta besarnos de nuevo. Él rodeó con sus piernas mi cintura mientras me abrazaba y tiraba de mí hacia él con sus brazos. Yo comencé a besarle de nuevo el cuello mientras mi pene jugueteaba bajo sus testículos. Noté cómo Andrés se retorcía levemente. Me incorporé un poco y vi cómo acercaba la mano a su boca y la humedecía generosamente para luego retorcerse de nuevo y bajar hasta su trasero. Seguidamente me miró a los ojos, sonriendo mientras empuñaba mi pene en dirección a su ano.
—Con suavidad —dijo en un susurro. Empujé, cauteloso, mientras él movía sus caderas buscando el camino para que mi miembro lo penetrase. Seguí empujando y pude sentir cómo poco a poco iba introduciéndome hacia adentro—. Espera, un segundo —dijo de nuevo en voz baja. Volvió a humedecerse la mano con saliva para llevarla a mi pene. Volví a colocarlo en posición y empujé de nuevo suavemente, las paredes de su ano iban dilatándose conforme yo empujaba y cuanto más entraba, más sentía en mi pene la calidez de su interior. El cuerpo de Andrés se estremeció a la par que él mismo empujaba mis caderas hacia sí mismo. Ya estaba completamente dentro, moví hacia atrás mis caderas y fui introduciendo y sacando rítmicamente mi pene.

Seguí penetrándolo mientras nos besábamos. Él de vez en cuando soltaba un jadeo entre su respiración, me miraba, cerraba los ojos y volvía a tirar de mis caderas hacia dentro. Subí el ritmo un poco y él contestó mordiéndome el labio inferior con suavidad. Comencé a jugar con los ritmos, aceleraba durante unos segundos para luego volverlo más lento, mientras las paredes prietas de su ano sobre mi pene me estremecían de placer. Me erguí sobre mis brazos mientras seguía penetrándole para poder observarlo. Él volvió a agarrar mi cintura y a acompañar el movimiento intentando que acelerase. Le hice caso y nuestras respiraciones se hicieron más rápidas.
—Sigue… sí... —musitó. Yo aceleré aun más y él abrazó su pene con su mano y comenzó a frotarlo con fuerza. Mientras comenzaba a jadear, yo aceleré aun más el ritmo al tiempo que su semen comenzaba a salir despedido con fuerza, aterrizando en su abdomen y su pecho, como pequeñas gotas blanquecinas. Un espasmo recorrió mi cuerpo, seguido de otro y otro más. Seguí penetrándole por unos segundos hasta el momento en que sabía que iba a correrme. Cerré los ojos y saqué mi pene y en la misma posición comencé a frotarlo hacia arriba y hacia abajo. Una gran sacudida me recorrió todo el cuerpo mientras mi semen se encontraba con el suyo sobre su abdomen. La calma volvió a mi cuerpo. Abrí los ojos y miré a Andrés. Él me observaba sonriendo. Le devolví la sonrisa y le besé.

Esa había sido mi primera experiencia sexual con un chico, poco después supe que no era así para Andrés. Él ya había tenido algún que otro escarceo anterior, aunque era uno de sus secretos mejor guardados. Andrés y yo comenzamos entonces una relación corta pero intensa, eso sí, absolutamente secreta. Aprendí muchísimo de aquello y, además, junto a él descubrí parte de mi sexualidad. 

                                                                   Continuará...

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