jueves, 16 de mayo de 2013

Capitulo 3.- Despecho



                Los meses que pasé con Andrés supusieron el despertar de mi sexualidad. No era virgen, ya había mantenido relaciones sexuales con chicas anteriormente, pero aunque en mi interior desde pequeño había algo en los chicos que me atraía, jamás me había planteado una relación con alguno. Como ya he dicho anteriormente, no me considero ni homosexual, ni bisexual ni heterosexual, si tuviese que decantarme por alguna etiqueta, cosa que a día de hoy se requiere para todo, quizás utilizaría un término que escuché no hace mucho y que me gustó su significado: Pansexual, que no es más que una orientación sexual humana caracterizada por la atracción estética, romántica o sexual por otras personas independientemente de su sexo y su género. Para mí esto es lo que mejor define quizás mi forma de ver tanto el amor como el sexo.

                No soy una persona romántica, creo que nunca lo he sido, ni tan siquiera suelo mostrar demasiado cariño, eso a Andrés le vino bien, cara a la galería éramos dos buenos amigos que no se separaban nunca. Nadie supo de nuestra relación durante el tiempo que estuvimos juntos, ni tan siquiera el doctor Esteban,  y eso quizás, aunque a priori nos favorecía bastante, en el fondo fue motivo de erosión de nuestra relación, que se fue al traste cinco meses después. El curso académico terminaba, Andrés se volvería a Valencia y al año siguiente se marcharía a estudiar a Alemania, mientras que yo me quedaría en Madrid un verano más, pues como ya he dicho, mi padre se dedicó tan de lleno a su trabajo después de la muerte de mi madre, que jamás volvimos a ir juntos de vacaciones.

                En Junio, tras terminar los exámenes fue cuando Andrés aprovechó para darme la noticia de que al año siguiente no volvería a Madrid. Lo había estado meditando con su familia desde mucho antes de conocerme, pero jamás me había referido lo más mínimo al tema. Habíamos quedado en la boca de metro de Retiro y aprovechamos para dar un paseo por el parque antes de ir al entrenamiento. Al encontrarnos en la salida del metro nos saludamos como de costumbre, un choque de manos y un abrazo, previo guiño de ojo, escueto saludo para una pareja de amantes, comenzamos a caminar dirección el parque y mientras yo cotorreaba todo lo que me había pasado en aquella mañana, Andrés se limitaba a guardar silencio y mirar al suelo. Ya habíamos recorrido la mitad del parque cuando caí en la cuenta de que Andrés estaba más callado de lo normal.

-Andrés, ¿Te ocurre algo? –pregunté extrañado, aunque sin darle demasiada importancia. –Ehm… si, necesito hablar contigo.- balbuceó nerviosamente antes de comenzar la historieta de que su padre había planeado desde hacía años que siguiese su carrera en el extranjero. Sin querer, dentro de mi cabeza había hecho planes junto a él para ese verano y para el siguiente año, si, jamás se los había nombrado a Andrés, pero los daba por hechos, yo era un chiquillo ilusionado deseando estar con la persona con la que estaba compartiendo mi vida, pero al parecer sus sentimientos no eran recíprocos. Aquella noticia me sentó fatal, era como un jarro de agua fría cayéndome por la espalda, me sentí utilizado, engañado y manipulado, durante esos cinco meses habíamos compartido tantas cosas y él era el único que sabía que el inicio del verano sería el fin de todo, al menos él lo quiso así. En ese momento, de la rabia que sentía en mi interior lo hubiese matado a golpes, contuve la respiración, cerré los ojos por un momento mientras él mantenía el silencio, en mi interior puse las cosas en todo el orden que pude y armándome de valor le pedí que se fuera y me olvidase para siempre, que no volviese a llamarme jamás y que nunca más volviese a cruzarse en mi camino. Agarré mi bolsa de deporte y caminé lo más rápido que pude dirección a Atocha, desde ese día y hasta mediados de julio no volví a asistir a un entrenamiento, tanto mis amigos como mi entrenador estaban extrañadísimos, pero la historia oficial quedó en que los buenos amigos tuvieron una discusión y dejaron de ser amigos, punto y final.

Pero el trasfondo de esa historia era mucho más hondo que el oficial, los días posteriores me encerré en casa, la ira me carcomía por dentro, estaba acabando conmigo, necesitaba desahogarme pero no tenía a nadie con quien hablar, nadie sabía de nuestra historia y pensaba que nadie la comprendería, por lo que decidí sacar un clavo con otro clavo. Me senté frente al portátil y visité algunos de los chats gays de la red, por discreción decidí abrir una cuenta de Messenger diferente y comencé mi búsqueda del amante pasajero. No recuerdo bien si fue por mi prisa a la hora de elegir Nick o porque después de lo sucedido mi imaginación no daba para más, pero entré al chat con el nombre de remero89. Usé pocas veces el chat y aun menos la cuenta de Messenger que me hice para aquel fin, pero la verdad es que la lista de contactos no tardó en engrosar. El primer día chatee con muchos y creo que di largas a bastantes, pero uno de ellos me llamó la atención, su Nick era discreto19, intentaba quitarme de la cabeza a Andrés como fuese, y una persona discreta quizás sería lo mejor, así me cubría las espaldas. Él fue quien comenzó a hablarme por privado, después del saludo siguió con la típica pregunta -“¿qué buscas?”- “Pasar el rato”- respondí, después de describirnos físicamente y hablar de cosas banales durante una hora y media o así, me propuso quedar al día siguiente en su casa, por la mañana sus padres no estarían y tendríamos la casa para nosotros solos. De primeras, la idea de quedar me pareció buena, yo tenía clases, pero por faltar a algunas no pasaría nada, aparte, él vivía en la zona de Chamartín, así que tampoco tendría que desplazarme tan lejos. Isaac, que así se llamaba el chico me pasó su número de móvil y su dirección, nos despedimos fijando las 10:00 como la hora aproximada a la que llegaría y apague el portátil. Durante unos minutos juguetee con mi teléfono móvil entre las manos, en la pantalla el editor de mensajes en blanco y su número en el destinatario, una extraña sensación recorrió mi cuerpo, aquello ya no me parecía tan buena idea, pensé en Andrés, en todo lo que habíamos pasado juntos, pensé en sus besos, en sus caricias, hacía solo unas pocas horas que todo se había acabado y ya lo añoraba, recorrí mentalmente todos momentos a su lado desde que nos besamos en la tarde de finales de enero, esbocé una leve sonrisa, eran muchos y muy buenos los momentos pasados a su lado. Pero de pronto la sombra de lo que había ocurrido horas antes en el retiro se apoderó de mi ser, torcí el gesto y apreté los dientes con fuerza, estaba herido y esas heridas hacían que el arrepentimiento que acababa de sentir un momento antes se disipara entre una mezcla de ira, orgullo y frustración. Mis dedos comenzaron a escribir en el teléfono “Soy Logan, este es mi numero, nos vemos mañana.” Y volví a quedarme ensimismado mirando la pantalla del móvil con el mensaje aun por enviar. En mi interior se libraba una batalla entre mis sentimientos por Andrés y mis ganas de que desapareciese para siempre. Un par de toques en la puerta de mi habitación me trajeron de vuelta de mis pensamientos. –Adelante.- contesté. Mariana entreabrió la puerta, -Logan, la cena está lista, ¿avisas a Patricia? – su dulzura característica sacaba lo mejor de mí, y aun hoy sigue haciéndolo, aunque ya no nos veamos como antes. –Claro, Mariana, gracias. Ahora te veo en el comedor. – Contesté volviendo a jugar con el teléfono entre mis manos, releí el mensaje escrito en la pantalla, me armé de valor y pulsé la tecla de enviar, solté el móvil y me dirigí hacia la habitación de mi hermana.



Cené en silencio, abstraído en la programación de la televisión, pero sin tan siquiera escuchar lo que decía. En mi mente recreaba una y otra vez las palabras de Andrés, mi reacción, sopesaba y medía con exactitud todas y cada una de sus palabras, buscando sin conseguirlo algún detalle que me diese alguna brizna de esperanza. Mientras masticaba y absorto en mis pensamientos, oía retazos de conversaciones pero mi mente no las procesaba, hasta que mi nombre salió de los labios de mi hermana, volví de un sobresalto a estar sentado frente a mi plato, junto a Patricia, pestañee rápidamente para centrarme, giré la cabeza hacia ella y vi que me miraba extrañada, sus ojos eran la viva imagen de mi madre, a sus trece años ya se le parecía tanto que mirarla era verla a ella. -¿Qué? ¿Qué dijiste?- balbuceé nervioso.- Te preguntaba si Andrés no vino hoy a estudiar, no lo vi en casa. – Soltó clavando sus verdes ojos en mí. Aparté nervioso la mirada, mi hermana siempre ha sido una persona muy perspicaz y muy pocas veces he conseguido engañarla en algo, anduve dubitativo mientras seleccionaba las palabras con las que responder –No. – Dije al fin.-  Andrés ya ha terminado los exámenes… se vuelve para Valencia. – Sentencié esperando que aquello no despertase más la curiosidad de mi hermana. – Ah, vaya, espero que pase a despedirse. –Añadió – Me ha dicho Mariana que tampoco has ido hoy al entrenamiento. – en aquel momento odié a Mariana por su eterna preocupación por nosotros. – ¿Te ocurre algo? – finalizó preguntando. – No, nada, estoy bien. – dije intentando quitarle hierro al asunto. Ella seguía clavando sus ojos en mí, afirmó levemente con la cabeza y apretó los labios mientras arqueaba una ceja, gesto heredado de mi madre que significaba que no estaba convencida. Terminé de cenar en silencio y al acabar, tras recoger la mesa, subí a la habitación para leer un poco y dormir, al menos esa fue mi intención, al llegar a la habitación vi que Isaac había contestado a mi mensaje con un “Ok, hasta mñn” las dudas volvieron a asaltarme, tras quitarme la ropa me metí en la cama y eché mano del libro de la mesita “La isla del tesoro” de Robert Louis Stevenson, literatura obligada en 4º curso de E.S.O. abrí por donde tenía el marca-páginas pero no conseguí terminar de leer la primera. Tras incontables minutos con la vista fija en la misma palabra, decidí cerrar el libro y dormir, quizás el sueño me aclararía las ideas, o al menos eso pensé, aunque las mil y una vueltas que di, antes de caer dormido me demostraron lo contrario.

El despertador sonó como de costumbre, me levanté, visita obligada al baño y ducha mañanera para refrescar las ideas y terminar de despertar. Desayuné un sándwich, zumo de naranja y una pieza de fruta como de costumbre, sin recordar todo lo que la noche anterior me había quitado el sueño, hasta que cuando preparaba las cosas para clase, recibí un mensaje de Isaac “A partir de las 9 estaré solo, por si llegas antes. Un saludo” Un cosquilleo me subió por la columna y mi corazón se aceleró, era el momento crucial, o salía dirección a Madrid a pasar la mañana con Isaac e intentar quitarme a Andrés de la cabeza, o tomar el camino de mi instituto y arriesgarme a pasar todo el día pensando en él. Me armé de valor, tomé mis cosas y tras mirarme varias veces en el espejo de mi habitación, siempre he sido un poco coqueto para estas cosas, cogí el transporte rumbo a mi cita.

No voy a negar que a cada parada y cada estación a la que llegaba era una lucha interna para no dar media vuelta, pero había decidido hacerlo y cuando decido algo, rara vez me echo atrás. Llegue por fin a la parada de metro de Chamartín, el corazón me latía con fuerza y las manos me sudaban, mientras que parecía que en mis pulmones no entraba oxigeno, salí al exterior pero la sensación seguía ahí, cerré los ojos y respiré profundamente, comencé a caminar y en unos diez minutos que parecieron eternos llegué al edificio, con las manos temblorosas pulsé el telefonillo mientras echaba una ojeada a mi reloj, creí ver las 9:45. La voz de Isaac sonó a través del altavoz – ¿Si? ¿Quién es? – Mi corazón era ahora mismo como una locomotora sin control, tenía la boca tan seca que no alcancé a tragar saliva. – Soy Logan.- conseguí decir con la voz temblorosa. El silbido del portero automático me dio la señal para que empujara la puerta y entrara. Accedí al edificio y llamé al ascensor, aspiré un par de veces y solté sendos resoplidos hasta que el ascensor llegó y pude abrir la puerta, entré y pulsé el numero 5, intenté de nuevo relajarme, o al menos disimular lo máximo posible mi nerviosismo. El ascensor llegó a la planta de destino, tomé la última bocanada de aire y abrí la puerta del ascensor.

Frente al ascensor estaba Isaac, un chico de 1,75 aproximadamente, pelo corto moreno y con ligeras entradas y ojos avellanados de color marrón. Esperaba bajo el dintel de la puerta, le sonreí y le saludé con la mano, mi nerviosismo no daba para más, me devolvió el saludo de la misma forma y me invitó a entrar con un gesto de su mano. Entré y cerró la puerta tras de mí. La situación me resultaba extraña, aunque ahora el nerviosismo y el miedo anterior habían dado lugar al misterio. -¿Quieres tomar algo? – Preguntó con una sonrisa pícara en los labios – Agua, por favor. –En realidad necesitaba urgentemente lubricar mi lengua si quería hablar más de dos palabras. Isaac me brindó un vaso de agua y él se sirvió otro, no era tan guapo como Andrés, pero tenía atractivo y me daba morbo, llevaba una camiseta básica blanca y un pantalón corto de color amarillo de los lakers. Mientras bebíamos nos mirábamos el uno al otro, en mi interior olvidé todo temor y todo remordimiento y decidí ser yo quien se lanzase esa vez, quería revivir ese momento, pero quería que fuese diferente. Solté el vaso y sin dejar de mirarlo me acerqué a él lentamente, posé mi mano en su cintura mientras él soltaba su vaso, comenzamos a besarnos en la cocina, un estrecho pasillo con los muebles a un lado donde él se apoyó mientras nos acariciábamos y besábamos rítmicamente. Así pasamos unos minutos, hasta que comencé a quitarle la camiseta, él apartó lentamente sus labios de los míos –vamos a mi habitación- dijo mientras sonreía. Me tomó de la mano y me hizo seguirlo por el salón, a través del pasillo hasta llegar a su habitación, decorada con posters de coches y algunas fotos de amigos. La persiana estaba bajada, por lo que la luz era tenue, los rayos del sol entraban por las rendijas de la persiana dando un efecto muy íntimo. Nuestras manos volvieron a la carga mientras nuestros labios volvían a besarse pasionalmente, a partir de entonces nada fue suave, nada fue lento, todo fue pasión, desenfreno y morbo. Nos quitamos la ropa casi arrancándola, nos abrazábamos acaloradamente, nuestras manos recorrían el cuerpo del otro sin descanso, sin parar, ahora en el cuello, ahora bajaba por la espalda hasta el trasero, nuestros pechos chocaban con fuerza el uno con el otro, nos besábamos los labios, la cara, el cuello, él bajó hacia mis pezones y comenzó a morderlos y a agarrarlos con fuerza, nos clavábamos los dedos mientras nos agarrábamos para después abrazarnos tan fuerte como podíamos. Parecíamos dos leones en una pelea a vida o muerte, seguíamos besándonos y desnudándonos a riesgo de caer al suelo, al fin estábamos desnudos, y ambos tan cachondos que nuestros miembros estaban completamente erectos, el suyo y el mío eran casi idénticos, y ambos se encontraban en cada abrazo, cada roce de nuestros cuerpos y cada movimiento. Bajé mi boca hasta sus pezones y comencé a sorber mientras él acariciaba con fuerza mi nuca con una mano mientras con la otra empuñaba mi pene. Aprovechando aquella postura abracé su cintura y lo elevé del suelo para caer juntos con fuerza sobre la cama, podía sentir su pene húmedo en mi abdomen, caí encima suyo y trepé hasta alcanzar de nuevo su boca, comencé de nuevo a besarlo mientras agarraba con fuerza su trasero, rodamos un par de veces por la cama hasta que volví a quedar encima suyo, comencé a lamer sus labios, ahora su cuello y a bajar por su pecho.

Me di la vuelta para practicar una de mis posturas favoritas, el 69, Isaac lo pilló al vuelo y comenzó a lamer y a sorber mi pene mientras yo hacía lo propio con el suyo, en estos últimos meses había mejorado mi técnica y los gemidos de placer de Isaac me daban la razón, chupaba con fuerza y me ayudaba de mi mano para acariciarla, la introducía hasta el fondo para intensificar su placer, mientras que él seguía con mi miembro. Volvimos a la posición anterior y la pasión y el desenfreno fueron a más, casi era furia lo que nos comía y yo estaba disfrutando como un niño pequeño. Seguimos así un rato más, acariciándonos, a ratos jugando con nuestros miembros, agarrándonos la carne con fuerza, con ganas. Isaac me agarró la cabeza mientras respiraba airadamente junto a mi oído cuando mientras me entregaba un condón me susurró “fóllame”, esa palabra fue como soltar una goma que has estado estirando, fue un latigazo en mi interior, olvidé todo a mi alrededor, abrí el condón con la ayuda de los dientes y mientras que me lo colocaba en el pene, él se lubricó. Agarré con fuerza sus piernas y tiré de ellas hacia mí, las empujé hacia arriba y le penetré de un tirón. Comencé a balancear mis cinturas rítmicamente mientras besaba pasionalmente a Isaac, él agarraba mi espalda con fuerza mientras se le escapaba algún que otro gemido. Le solté una pequeña cachetada en el trasero y él me respondió cogiéndome por la nuca y mirándome con ojos lascivos. Seguí penetrándolo y volvimos a besarnos con furia, nos mordíamos los labios, me pellizcaba la espalda y a cada gesto similar le respondía con una nueva sacudida.

Su respiración comenzó a acelerarse y yo aceleré el ritmo cuando me descubrieron sus gemidos de placer mientras llegaba al orgasmo sin tocarse. A mí aun me quedaba un poco, él se retorcía de gusto mientras me pedía que siguiese y así lo hice, verlo eyacular me dio tanto morbo que me produjo el orgasmo, mientras seguía penetrándolo me corrí y él seguía apretando con fuerza mi cintura. De nuevo parecía que me faltaba el oxigeno, ambos estábamos bañados en sudor y mi pene seguía aun en su interior, lo saqué con cuidado mientras él soltaba el último de sus gemidos y retiré con cuidado el condón.

Me di una ducha y tras salir, mientras Isaac hacía lo mismo, vi nuestra ropa esparcida por el suelo de la habitación y la colcha removida, a mi mente volvieron los recuerdos de Andrés y junto con ellos el arrepentimiento por lo que acababa de pasar, me senté en la cama, con la toalla aun alrededor de mi cintura y volví a verme inmerso en mis miedos y mi culpa. Sentía que le había fallado, como si le hubiese sido infiel, tuve la tentación de llamarle, pedirle que nos viéramos. Isaac entró de nuevo a la habitación y me encontró aun sin vestir. – ¿Estás bien? – supongo que nunca se habría visto en esa situación. Me sinceré con él, le conté lo que había ocurrido el día anterior, cómo se había comportado Andrés y cómo había reaccionado yo. Supongo que fue un acto reflejo, necesitaba hablar con alguien, hablar sin tapujos, necesitaba ser escuchado. Isaac lo hizo, escuchó atentamente todos los detalles y luego sentenció – Es duro pasar por una ruptura, y aunque el sexo es divertido y mola, pero cuando se hace por despecho, el resultado no viene a ser bueno. – Posó su mano sobre mi hombro. –Ánimo, Logan, aquí estoy para lo que necesites. Y espero que al menos hayas disfrutado. – Terminó lanzándome su sonrisa pícara. Después de eso seguimos hablando un par de horas más, riendo, filosofando sobre la vida y poniendo ideas en común.

Ese fue el comienzo de mi amistad con Isaac, que aun dura a día de hoy, volvimos a acostarnos un par de veces, pero cuando nuestra amistad fue a más, decidimos dejar el sexo a un lado y ser solo amigos. Aquel día sus palabras me ayudaron mucho, aprendí que para disfrutar del sexo, no hay que mezclarlo con el despecho y que el sexo salvaje también mola mazo.  

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