jueves, 18 de julio de 2013

Capitulo 4.- Chico nuevo en la oficina

Los meses del verano del 2006 pasaron en mi aburrido Madrid. Mi hermana Patricia había aprovechado la invitación que mis primas nos hicieron de pasar el verano en la costa alicantina, donde mi tía y mis primas solían veranear. Elvira y Estefanía eran las hijas de mi tío Armando, hermano mayor de mi madre, que también había muerto tres años antes que ella de la misma enfermedad. Él y su mujer, Mercedes, tenían mucho trato con nosotros, incluso después de la muerte de mi tío, hasta que, al faltar mi madre, mi padre se permitió el lujo de descuidar el trato con todo aquel que no tuviese una relación laboral con él y con su empresa.

 Mis primas eran gemelas y dos años mayor que yo. Tenían el pelo ondulado, herencia de la familia De Guevara, pero el mismo color rubio rojizo de su madre. Eran dos chicas escuálidas  y proporcionadas y de piel muy blanca. Unas pequeñas pecas se repartían bajo sus ojos color miel que les hacía parecer muñecas de porcelana, de las que nunca rompen un plato, aunque a juzgar por mis recuerdos, eran bastante traviesas. Las pecas parecían ir a juego con sus labios finos acompañados de una dentadura perfecta conseguida a base de no poco dinero. Mis primas siempre habían tenido un punto cursi y petulante, que al igual que su color de pelo, lo habían heredado de su madre. Formaban un equipo imparable, de pequeñas habían sido dos angelitos de muy correctos modales ante la mirada de cualquier adulto, para en ausencia de estos, convertirse en dos demonios resabidos y mangoneadores. Cuando mi hermana Patricia y yo recibimos la invitación, yo tuve muy claro que me quedaría en casa, sin embargo, mi hermana sabía que nos esperaba un verano más en Madrid y después de intentar convencerme para que la acompañase por todos los medios a su alcance, desistió en el intento y aceptó la invitación ella sola.

A mediados de Julio volví a los entrenamientos de remo, el aburrimiento era superior a mis fuerzas y ya me conocía todos y cada uno de los rincones de mi piscina. Aproveché los escasos ratos en los que los padres de Isaac se ausentaban para quedar con él y tener ratos de buen sexo y charla, pero nuestras citas sexuales fueron decayendo en pos de las charlas, hasta que Isaac se marchó a veranear con su familia a finales de Agosto y tras su vuelta, nuestra relación quedó reducida a una bonita amistad.

Mariana también se había marchado de vacaciones durante todo el mes de Agosto a visitar a su hijo y de camino, por lo que me contó, a cuidar a su nuera y al nieto que venía en camino. En su ausencia mi padre había contratado a una muchacha mulata, muy vergonzosa y de grandes ojos negros. Aún con todo el tiempo que pasé ese mes de agosto en casa, las pocas veces que me crucé con ella me saludó con un «Hola» emitido con un hilo de voz y acompañado de un tímido movimiento de cabeza.

Durante los dos últimos años me había distanciado mucho de los que hasta la fecha habían sido mis amigos, chicos de buenas familias que abandonaban Madrid nada mas comenzaban a subir las temperaturas, por lo que tampoco podía, ni quería contar con ellos. No sé cuántos libros llegué a leer, ni cuantas películas vi, pero necesitaba hacer que cualquier cosa llamase mi atención… los minutos encerrado en aquella casa casi desierta estaban mermando mis nervios. Mi padre salía hacia la oficina sobre las ocho y media de la mañana y no regresaba hasta pasadas las ocho de la tarde, justo a tiempo para comenzar a cenar a las nueve, costumbre impuesta por mi madre en un intento de españolización de mi padre, que cuando llegó a España desde Filadelfia pretendía que la cena fuese a las 6 de la tarde, como era costumbre en Estados Unidos. Mi padre era un hombre de costumbres casi inamovibles, reservado, hierático, frío y distante, con un profundo convencimiento de sus ideales, por lo general bastante conservadores, y con un profundo y genial don para los negocios. Yo era más como mi madre, espontaneo, aventurero pero sobre todo curioso. Sin embargo, en cuanto a forma de ser, mi hermana era la mezcla perfecta de ambos, la seriedad de mi padre y cariñosa como mi madre.

Si algo tenía Jefferson, mi padre, era la solemnidad que le daba a todo lo que hacía. Las cenas parecían banquetes arduamente preparados, aunque en el plato solo tuviésemos un par de sándwiches. La mesa tenía que ser preparada concienzudamente y todos debíamos estar presentes a las nueve para el comienzo del evento. Como era el único momento del día en el que toda la familia  se reunía, mi madre era la encargada de informar a mi padre de todo aquello que había ocurrido en su ausencia y como si fuese parte de una ceremonia, las órdenes o las disputas tenían lugar en la sobremesa. Tras la muerte de mi madre las cenas mantuvieron su suntuosidad pero se volvieron más silenciosas. Fue mi hermana Patricia quien tomó entonces el relevo de mi madre. En el fondo siempre envidié la buena relación de Patricia con nuestro padre. En su ausencia, durante todo el mes de Agosto, las cenas estaban reinadas por un silencio sepulcral, roto solo por el tintineo de los cubiertos. La costumbre marcaba que nadie podía abandonar la mesa hasta que el último comensal hubiese terminado con el postre o que ya no quedasen temas que tratar en la sobremesa, lo que hacía que la falta de mi hermana contribuyese aún más a mi aburrimiento.

Pero, sin embargo, una noche a finales de Agosto mi padre rompió su tradicional silencio:
—¿Qué tal van esas vacaciones? —yo no pude hacer otra cosa que levantar la mirada del plato y fijarla en mi padre, extrañamente en él esbozaba una leve sonrisa mientras esperaba mi respuesta.
—Bien, muy bien —titubeé ligeramente antes de responder.
—¿Por qué no acompañaste a tu hermana a Alicante? —preguntó—. Lo hubieses pasado mejor que aquí en Madrid.
—No me apetecía demasiado —contesté sinceramente. La verdad es que solo la idea de tener que pasar unas vacaciones rodeado de los amigos pijos de mis primas me revolvía el estómago.
—Bueno, el año que viene serás mayor de edad, quizás entonces sea hora que decidas si quieres viajar solo —Mi padre era de la creencia que no podíamos viajar solos hasta haber cumplido los dieciocho años. Justamente para que mi hermana no viajase sola a Alicante le había pedido a  Mariana que le acompañase hasta Alicante y desde allí que cogiese un vuelo hasta Sevilla, para pasar las vacaciones con su hijo, todo esto, claro está, corría a cargo de mi padre—. Si te aburres podrías pasar por la oficina y echarnos una mano. Algún día eso será tuyo y te vendría bien ir familiarizándote con la empresa.

Era la primera vez que mi padre me proponía una cosa así. Se me creó un nudo en el estómago que me impidió contestarle. La sorpresa había anulado por completo toda mi capacidad de respuesta. Las paredes burdeos del salón comedor volvieron a presenciar el silencio en la sala, mientras mi padre volvía su atención de nuevo al plato, yo seguía petrificado, sentado al lado derecho de la gran mesa, como si de otra de las pinturas que decoraban las paredes se tratase. En mi interior la sorpresa se mezclaba con la ilusión de hacer cosas con mi padre. De pequeño, recuerdo vagamente visitar en contadas ocasiones a mi padre en su oficina, pero no sabría decir a qué edad fue la última vez que puse un pié allí.

—Me encantaría acompañarte a la oficina —conseguí decir mientras terminaba el postre, tras unos minutos en silencio—. Mañana si quieres podría acompañarte.
—Me parece bien, mañana preparado antes de las ocho y media. ¿Has terminado de cenar?
—Sí, ya terminé —esa pregunta marcaba el fin de la cena. Mi padre posó los cubiertos en el plato como siempre solía hacer y se encaminó a su habitación después de desearme buenas noches. Yo ayudé a Corina a recoger la mesa como normalmente hacía con Mariana y tras terminar, subí las escaleras hasta mi habitación deseando que llegase el día siguiente.

No me costó mucho tiempo alcanzar el sueño esa noche y el despertador sonó a las siete y media, me di una ducha, me aseé y bajé a la cocina a desayunar y allí estaba ya mi padre, café en mano y sentado frente a su periódico. Esa era otra de las costumbres de mi padre, fuese el día que fuese, en el desayuno no podía faltar su café solo aguado, sus tostadas y su periódico. Yo, sin embargo, desayuné en silencio unos cereales con leche y una manzana y al terminar subí a lavarme los dientes rápidamente. Tras ello, bajé las escaleras con celeridad y encontré a mi padre en la puerta mirando su reloj. Hoy vestía un traje color azul marino con una camisa gris y una corbata añil con detalles rojos. Salimos al porche y allí estaba el coche de mi padre, un Mercedes clase S en color berenjena. Mi padre siempre ha tenido coches con líneas muy elegantes, pero de todos ellos, aquel era para mi gusto el que más. El interior estaba tapizado en cuero color beige con detalles en madera clara y su confort era estupendo. De camino al trabajo mi padre solía sintonizar bien canales de noticias o bien canales que tratasen de economía, finanzas y bolsa.

—Deberías haberte puesto algo más acorde para trabajar —criticó. Yo llevaba un polo blanco y unos pantalones chinos color marrón oscuro.
—Voy bien así ¿no? —contesté sabiendo lo que iba a contestar.
—Para un partido de tenis o para ir a tomar algo quizás, pero para el próximo día ponte mejor una camisa —siguió—. Recuerda que ante todo un hombre debe ser elegante.

Mi padre siempre había criticado mi forma de vestir y estoy seguro que de haber tenido unos minutos más me hubiese ordenado cambiarme de ropa. Tras recorrer el tramo de la A-1 desde la urbanización donde vivimos, llegamos a la M-30, como era costumbre nos cogió algo de caravana y ya por fin salimos hacia la Castellana. En pocos minutos pasamos por delante del edificio donde tenía la sede la empresa de mi padre, una increíble mole de hormigón y cristal de unos diez pisos, coronados, al igual que en la entrada peatonal con el anagrama de la empresa, una estrella con las 5 puntas difuminadas a modo de ventilador eólico  y el texto East Star Energy Iberia S.A., una empresa que se dedicaba a la explotación, mantenimiento y desarrollo de energías renovables por toda la geografía española. Aunque mi padre era el presidente de la empresa y máximo accionista, ésta había surgido de East Star Energy Inc. el grupo empresarial perteneciente a la familia de mi padre.

Entramos con el coche por la puerta del parking subterráneo y aparcamos en la zona reservada al presidente de la compañía, es decir, mi padre. Tomamos uno de los cuatro ascensores, que nos subió hasta la planta 18. Los departamentos estaban divididos en plantas y en los ascensores, una placa te informaba de qué departamento se encontraba en cada planta. Llegamos a la planta de presidencia y al abrirse la puerta, una gran sala a modo de recibidor se abrió ante mí, coquetamente repartidos se disponían varios sillones de color chocolate y que parecían bastante cómodos. El suelo estaba revestido con mármol color blanco perla y las paredes eran en azul índigo y revestimientos en caoba oscuro, conforme se salía del ascensor, arrinconada se encontraba la oficina de la recepcionista, una chica algo rechoncha, con una cara muy risueña, con ojos grandes y alegres y pestañas larguísimas. Saludó a mi padre con un «Buenos días, señor McArthur» tal y como hacían todos los que se cruzaban con él, a lo que mi padre contestó con otro «Buenos días, Nuria» tenía por ley también llamar por el nombre a todos sus empleados. Después del saludo, Nuria reparó en mí. Me clavó sus enormes ojos negros y con una amplia sonrisa me dio los buenos días. Le contesté cortésmente y entramos por la puerta que se encontraba a la derecha de la recepcionista y doblamos siguiendo el pasillo. La estancia tenía varias puertas a los lados, todos con los nombres y los cargos de quienes ocupaban las oficinas. Al fondo, el pasillo torcía de nuevo a la derecha e iba a terminar en la entrada del despacho de mi padre, una puerta doble de caoba adornada con el rótulo «Jefferson Lee McArthur - Presidente» y al lado izquierdo de la puerta de caoba, la entrada a la oficina de la secretaria de mi padre, que según el rótulo de la puerta se llamaba Esther Pons González.

Mi padre abrió la puerta de su oficina y al entrar me pareció mucho más grande de lo que recordaba. El suelo era del mismo mármol color blanco perla, y las paredes eran de cristal translúcido excepto en aquellos sitios donde se encontraban los pilares de la estructura del edificio, también revestidos con el mismo azul índigo y decorados con estanterías color caoba con libros y otros enseres de decoración. Nada más entrar a la izquierda estaba la puerta directa hasta la oficina de Esther y después de ella, había un par de sofás con otro sillón en color burdeos alrededor de una mesa baja de cristal negro. Al fondo en el lado izquierdo, se encontraba el inmenso escritorio caoba de mi padre y sobre él, el ordenador, algunos papeles y carpetas y un par de marcos, uno con la fotografía de Patricia y mía como diez años atrás y otro con una fotografía de mi madre. Frente al escritorio, al otro lado de la sala, una mesa ovalada de cristal negro enormemente grande con al menos diez asientos y tras ella, a un lado quedaba la puerta del baño y al otro la puerta de lo que parecía una sala de juntas.

—Acompáñame un momento —ordenó mi padre nada más soltar su maletín junto al gran escritorio caoba. Se dirigió a la puerta que llevaba a la oficina de su secretaria, la abrió y me invitó a entrar, siguiéndome después.
—Buenos días, señor McArthur —respondió un chico de unos veinte y pocos años que se encontraba sentado donde supuestamente debería estar la tal Esther.
—Buenos días, Luís —respondió mi padre de forma automática—. Este es mi hijo Logan, va a ayudarnos algunos días, aprovechando que Esther está de vacaciones —otro de los fallos de mi padre era que si le decías que sí a algo, disponía de tu tiempo libremente—. Presta atención a lo que él te diga —me advirtió—, ahora tengo una reunión, nos vemos luego —y se marchó cerrando la puerta tras él.

Luís había comenzado en la empresa como becario, pero ahora se había convertido en el ayudante de Esther. Era un chico moreno de pelo corto, con cejas pobladas y ojos pequeños y rasgados de color marrón, rostro prominente, nariz ligeramente achatada y labios finos, en cuanto al cuerpo era delgado e iba vestido con un pantalón de traje color gris, camisa blanca y corbata verde, la chaqueta se encontraba en un perchero cerca de uno de los armarios de la habitación. Esther, la secretaria, había cogido todo el mes de Agosto de vacaciones, como casi la mayoría de la plantilla del edificio, por lo que por departamento, a lo sumo había solo un par de personas. Me senté en un pequeño escritorio cercano a la mesa de la secretaria y durante toda la mañana Luis me estuvo pasando trabajo que hacer, correos o cartas que transcribir, documentos que archivar, tablas que rellenar, etc. La mañana se me pasó volando, sobre las dos llegó la hora de comer, mi padre entró en la oficina a recogerme y bajamos a la planta cinco, donde se encontraba la zona de servicios de cafetería y restauración. Comí junto a él, Luis y varios trabajadores más. Más que mi padre parecía el de ellos, verdaderamente pasaba más horas con ellos que conmigo. Al finalizar el almuerzo volvimos al trabajo sobre las cuatro de la tarde, después de que mi padre repartiese órdenes a diestro y siniestro.


En un primer momento pensé que pasaría más tiempo con mi padre, pero al ver que él me abandonó a mi suerte en la oficina de secretaría mientras que él atendía llamadas y a diferentes personas, me apenó un poco. Cosa que cambió cuando en un par de veces, mientras transcribía unas cartas a ordenador pillé a Luis mirándome de soslayo. Fue entonces cuando la bombillita de la curiosidad se encendió en mí. Necesitaba indagar un poco más, juguetear ligeramente con las miradas a ver si Luís me seguía el juego. Si algo había adquirido en esos últimos tiempos era picardía. Aquella tarde no noté nada más por su parte, por lo que decidí volver al día siguiente, y al otro, y al otro. Cada día que pasaba nuestro juego de miradas se hacía más evidente. Lo que había comenzado con una leve mirada de reojo iban ya cargadas incluso con medias sonrisas. En un principio había pensado en dejarlo estar y quedarme en casa, no podía arriesgar a que mi padre sospechase lo más mínimo, pero la curiosidad, el morbo y la calentura pudieron conmigo, estaba seguro de que le molaba a Luís y él me molaba a mí. Solo necesitaba el momento propicio para atacar y al cabo de casi una semana por fin llegó.

Mi padre tenía que salir hacia Barcelona para una asistir a una reunión de urgencia y aunque llegaría antes de acabar la jornada laboral, él me había propuesto quedarme ese día en casa. Me negué y lo acompañé a la oficina, poco después de las diez de la mañana mi padre salió junto con el director regional hacia el aeropuerto. Luis y yo seguimos con nuestra tímida guerra de miradas hasta que, aprovechando que acababa de terminar de redactar una hoja, le pedí que la revisara. Él se puso en pié y caminó hacia mí. El pantalón de pinzas azul marino le marcaba un bulto interesante, a la vez que despertaba ligeramente algo entre mis piernas. Se colocó tras mi silla y agachó el tronco hasta que su cabeza quedó al lado de la mía y comenzó a revisar el documento en la pantalla del ordenador. Yo me quedé mirándolo fijamente, dibujando una sonrisilla picarona en los labios. Una vez hubo terminado de leer me miró.

—No está mal… eh… —titubeó sin terminar la frase al darse cuenta de mi mirada. No sé si en aquel momento le atacaron los nervios igual que a mí, pero me mantuvo la mirada hasta que yo la bajé a sus labios y volví a mirarlo a los ojos. Era mi señal, mi pistoletazo de salida, él captó el mensaje y acercó sus labios a los míos. Comenzó a besarme un instante después, aun inclinado hacia delante.

Yo me puse en pié y aparté la silla a un lado, él se apoyó en el escritorio y volvió a besarme mientras soltaba mi corbata. Yo hice lo mismo con la suya. Él comenzó a acariciar mi cuerpo, lentamente desde los hombros, los pectorales y el abdomen, hasta que llegó a mi pantalón, donde mi miembro casi se encontraba del todo erecto. Me empujó sobre la pared y se colocó en cuclillas frente a mí, bajó la cremallera de mi pantalón y tras tocar un poco la zona de mi pene lo sacó fuera y se lo introdujo en la boca. Con la ayuda de su mano y su lengua consiguió ponerlo al momento del todo erecto, sacó entonces también mis testículos y comenzó a chuparlos y a meterlos en su boca, cosa que me proporcionó un espasmo de gusto. Tras unos segundos jugando con mis testículos volvió a centrarse en mi pene, lo metía y lo sacaba de su boca rítmicamente, mientras iba desabrochándose la camisa lentamente y luego el pantalón, para sacar su verga de unos veinte centímetros y comenzar a acariciársela mientras me felaba.

Así estuvo varios minutos, mientras yo agarraba su cabeza para ayudarle a introducir mi pene en su boca cada vez más al fondo y él una vez la tenía dentro succionaba con fuerza mientras yo me mordía el labio de placer. Soltó mi pene, se puso en pié y volvió a apoyarse en el escritorio mientras sujetaba su pene invitándome a probar. Me agaché, lo tomé en mis manos y lo rodeé con mis labios aprovechando para morder suavemente la punta de su pene. Luís soltó un bufido y echó la cabeza hacia atrás, yo comencé a mamar lentamente y a acelerar el ritmo poco a poco, mientras veía cómo él  agarraba fuertemente la mesa cada vez que le llegaba un latigazo de placer. Tras unos minutos comencé a sentir el regusto salado en mis papilas. Me puse de nuevo en pié y comencé a besarlo nuevamente, jugando con su lengua y mordiendo su labio inferior. Él mientras tanto terminó de desabrochar mis pantalones y algunos de los botones inferiores de mi camisa, metió la mano por debajo y comenzó a acariciar mis pezones y con la otra mi pene.

—Es una pena que no tengamos un condón aquí —dijo Luís mientras apretaba mi pene con fuerza.
—¿Quién ha dicho que no? —respondí juguetón mientras buscaba en el bolsillo trasero del pantalón el preservativo que llevaba desde el segundo día que pisé la oficina. En su rostro se dibujó una sonrisa.
—¿Qué te va? —preguntó.
—Soy activo —respondí convencido.

Se puso en pie, me lanzó una mirada altanera y juguetona, se dio la vuelta y apoyó su pecho sobre el escritorio, dejándome a la vista su trasero estrecho y apetitoso. Humedeció la punta de sus dedos con generosidad y se lubricó copiosamente la entrada de su ano mientras yo me colocaba el preservativo y hacía lo mismo con mi pene. Un momento después, empuñé mi miembro y lo introduje lentamente en él. Su culo era estrecho pero magnifico, no tardó en amoldarse a mi miembro y en pocos segundos estuve envistiendo con fuerza mientras le agarraba del hombro. Luís, por su parte, me agarraba por la cintura y me empujaba hacia adentro cada vez que salía.

—Sigue… sí… —soltaba de vez en cuando. Solté su hombro y con las dos manos le agarré por la cintura y comencé a meter y sacar mi pene a un ritmo muy acelerado, mientras me mordía el labio inferior—. Para… para… —me pidió, a lo que obedecí al momento, sacando mi pene de su culo.

Él se limitó a quitarse los zapatos y el pantalón y darse la vuelta colocando sus pies sobre mis hombros. Volví a introducir mi pene y a jugar con los ritmos cada vez más rápidos, hasta que vi que se estaba preparando para el orgasmo, abrió por completo su camisa y tras tocarse un poco el pene, unas pequeñas gotas blancas comenzaron a brotar tímidamente desde su punta. Yo aceleré el ritmo por última vez mientras los pequeños calambres del orgasmo comenzaban a recorrer mi cuerpo hasta explotar en una oleada de placer silencioso. Tras ello quedé allí en pie, aun con la respiración acelerada, mientras Luís se incorporaba y se limpiaba rápidamente con unos pañuelos de papel. Yo hice lo mismo y ambos nos vestimos de nuevo para volver al trabajo.

—Tu padre no sabe nada de… —comenzó a decir Luís.
—No, nada, y espero que así siga —contesté.

—Tranquilo, seré discreto. Lo que no sé es cómo voy a poder sentarme ahora —bromeó. Reímos juntos hasta que segundos después tocaron en la puerta de la oficina, era una de las trabajadoras del departamento de recursos humanos, Laura, al abrir nos encontró a cada uno ya sentado en su respectivo asiento. Venía porque le había parecido escuchar ruidos extraños. Ambos negamos al unísono que esos ruidos proviniesen de nuestra oficina, y tras cerrar la puerta, Luís y yo nos miramos y soltamos un suspiro de alivio.

                                                            Continuará...

jueves, 16 de mayo de 2013

Capitulo 3.- Despecho



                Los meses que pasé con Andrés supusieron el despertar de mi sexualidad. No era virgen, ya había mantenido relaciones sexuales con chicas anteriormente, pero aunque en mi interior desde pequeño había algo en los chicos que me atraía, jamás me había planteado una relación con alguno. Como ya he dicho anteriormente, no me considero ni homosexual, ni bisexual ni heterosexual, si tuviese que decantarme por alguna etiqueta, cosa que a día de hoy se requiere para todo, quizás utilizaría un término que escuché no hace mucho y que me gustó su significado: Pansexual, que no es más que una orientación sexual humana caracterizada por la atracción estética, romántica o sexual por otras personas independientemente de su sexo y su género. Para mí esto es lo que mejor define quizás mi forma de ver tanto el amor como el sexo.

                No soy una persona romántica, creo que nunca lo he sido, ni tan siquiera suelo mostrar demasiado cariño, eso a Andrés le vino bien, cara a la galería éramos dos buenos amigos que no se separaban nunca. Nadie supo de nuestra relación durante el tiempo que estuvimos juntos, ni tan siquiera el doctor Esteban,  y eso quizás, aunque a priori nos favorecía bastante, en el fondo fue motivo de erosión de nuestra relación, que se fue al traste cinco meses después. El curso académico terminaba, Andrés se volvería a Valencia y al año siguiente se marcharía a estudiar a Alemania, mientras que yo me quedaría en Madrid un verano más, pues como ya he dicho, mi padre se dedicó tan de lleno a su trabajo después de la muerte de mi madre, que jamás volvimos a ir juntos de vacaciones.

                En Junio, tras terminar los exámenes fue cuando Andrés aprovechó para darme la noticia de que al año siguiente no volvería a Madrid. Lo había estado meditando con su familia desde mucho antes de conocerme, pero jamás me había referido lo más mínimo al tema. Habíamos quedado en la boca de metro de Retiro y aprovechamos para dar un paseo por el parque antes de ir al entrenamiento. Al encontrarnos en la salida del metro nos saludamos como de costumbre, un choque de manos y un abrazo, previo guiño de ojo, escueto saludo para una pareja de amantes, comenzamos a caminar dirección el parque y mientras yo cotorreaba todo lo que me había pasado en aquella mañana, Andrés se limitaba a guardar silencio y mirar al suelo. Ya habíamos recorrido la mitad del parque cuando caí en la cuenta de que Andrés estaba más callado de lo normal.

-Andrés, ¿Te ocurre algo? –pregunté extrañado, aunque sin darle demasiada importancia. –Ehm… si, necesito hablar contigo.- balbuceó nerviosamente antes de comenzar la historieta de que su padre había planeado desde hacía años que siguiese su carrera en el extranjero. Sin querer, dentro de mi cabeza había hecho planes junto a él para ese verano y para el siguiente año, si, jamás se los había nombrado a Andrés, pero los daba por hechos, yo era un chiquillo ilusionado deseando estar con la persona con la que estaba compartiendo mi vida, pero al parecer sus sentimientos no eran recíprocos. Aquella noticia me sentó fatal, era como un jarro de agua fría cayéndome por la espalda, me sentí utilizado, engañado y manipulado, durante esos cinco meses habíamos compartido tantas cosas y él era el único que sabía que el inicio del verano sería el fin de todo, al menos él lo quiso así. En ese momento, de la rabia que sentía en mi interior lo hubiese matado a golpes, contuve la respiración, cerré los ojos por un momento mientras él mantenía el silencio, en mi interior puse las cosas en todo el orden que pude y armándome de valor le pedí que se fuera y me olvidase para siempre, que no volviese a llamarme jamás y que nunca más volviese a cruzarse en mi camino. Agarré mi bolsa de deporte y caminé lo más rápido que pude dirección a Atocha, desde ese día y hasta mediados de julio no volví a asistir a un entrenamiento, tanto mis amigos como mi entrenador estaban extrañadísimos, pero la historia oficial quedó en que los buenos amigos tuvieron una discusión y dejaron de ser amigos, punto y final.

Pero el trasfondo de esa historia era mucho más hondo que el oficial, los días posteriores me encerré en casa, la ira me carcomía por dentro, estaba acabando conmigo, necesitaba desahogarme pero no tenía a nadie con quien hablar, nadie sabía de nuestra historia y pensaba que nadie la comprendería, por lo que decidí sacar un clavo con otro clavo. Me senté frente al portátil y visité algunos de los chats gays de la red, por discreción decidí abrir una cuenta de Messenger diferente y comencé mi búsqueda del amante pasajero. No recuerdo bien si fue por mi prisa a la hora de elegir Nick o porque después de lo sucedido mi imaginación no daba para más, pero entré al chat con el nombre de remero89. Usé pocas veces el chat y aun menos la cuenta de Messenger que me hice para aquel fin, pero la verdad es que la lista de contactos no tardó en engrosar. El primer día chatee con muchos y creo que di largas a bastantes, pero uno de ellos me llamó la atención, su Nick era discreto19, intentaba quitarme de la cabeza a Andrés como fuese, y una persona discreta quizás sería lo mejor, así me cubría las espaldas. Él fue quien comenzó a hablarme por privado, después del saludo siguió con la típica pregunta -“¿qué buscas?”- “Pasar el rato”- respondí, después de describirnos físicamente y hablar de cosas banales durante una hora y media o así, me propuso quedar al día siguiente en su casa, por la mañana sus padres no estarían y tendríamos la casa para nosotros solos. De primeras, la idea de quedar me pareció buena, yo tenía clases, pero por faltar a algunas no pasaría nada, aparte, él vivía en la zona de Chamartín, así que tampoco tendría que desplazarme tan lejos. Isaac, que así se llamaba el chico me pasó su número de móvil y su dirección, nos despedimos fijando las 10:00 como la hora aproximada a la que llegaría y apague el portátil. Durante unos minutos juguetee con mi teléfono móvil entre las manos, en la pantalla el editor de mensajes en blanco y su número en el destinatario, una extraña sensación recorrió mi cuerpo, aquello ya no me parecía tan buena idea, pensé en Andrés, en todo lo que habíamos pasado juntos, pensé en sus besos, en sus caricias, hacía solo unas pocas horas que todo se había acabado y ya lo añoraba, recorrí mentalmente todos momentos a su lado desde que nos besamos en la tarde de finales de enero, esbocé una leve sonrisa, eran muchos y muy buenos los momentos pasados a su lado. Pero de pronto la sombra de lo que había ocurrido horas antes en el retiro se apoderó de mi ser, torcí el gesto y apreté los dientes con fuerza, estaba herido y esas heridas hacían que el arrepentimiento que acababa de sentir un momento antes se disipara entre una mezcla de ira, orgullo y frustración. Mis dedos comenzaron a escribir en el teléfono “Soy Logan, este es mi numero, nos vemos mañana.” Y volví a quedarme ensimismado mirando la pantalla del móvil con el mensaje aun por enviar. En mi interior se libraba una batalla entre mis sentimientos por Andrés y mis ganas de que desapareciese para siempre. Un par de toques en la puerta de mi habitación me trajeron de vuelta de mis pensamientos. –Adelante.- contesté. Mariana entreabrió la puerta, -Logan, la cena está lista, ¿avisas a Patricia? – su dulzura característica sacaba lo mejor de mí, y aun hoy sigue haciéndolo, aunque ya no nos veamos como antes. –Claro, Mariana, gracias. Ahora te veo en el comedor. – Contesté volviendo a jugar con el teléfono entre mis manos, releí el mensaje escrito en la pantalla, me armé de valor y pulsé la tecla de enviar, solté el móvil y me dirigí hacia la habitación de mi hermana.



Cené en silencio, abstraído en la programación de la televisión, pero sin tan siquiera escuchar lo que decía. En mi mente recreaba una y otra vez las palabras de Andrés, mi reacción, sopesaba y medía con exactitud todas y cada una de sus palabras, buscando sin conseguirlo algún detalle que me diese alguna brizna de esperanza. Mientras masticaba y absorto en mis pensamientos, oía retazos de conversaciones pero mi mente no las procesaba, hasta que mi nombre salió de los labios de mi hermana, volví de un sobresalto a estar sentado frente a mi plato, junto a Patricia, pestañee rápidamente para centrarme, giré la cabeza hacia ella y vi que me miraba extrañada, sus ojos eran la viva imagen de mi madre, a sus trece años ya se le parecía tanto que mirarla era verla a ella. -¿Qué? ¿Qué dijiste?- balbuceé nervioso.- Te preguntaba si Andrés no vino hoy a estudiar, no lo vi en casa. – Soltó clavando sus verdes ojos en mí. Aparté nervioso la mirada, mi hermana siempre ha sido una persona muy perspicaz y muy pocas veces he conseguido engañarla en algo, anduve dubitativo mientras seleccionaba las palabras con las que responder –No. – Dije al fin.-  Andrés ya ha terminado los exámenes… se vuelve para Valencia. – Sentencié esperando que aquello no despertase más la curiosidad de mi hermana. – Ah, vaya, espero que pase a despedirse. –Añadió – Me ha dicho Mariana que tampoco has ido hoy al entrenamiento. – en aquel momento odié a Mariana por su eterna preocupación por nosotros. – ¿Te ocurre algo? – finalizó preguntando. – No, nada, estoy bien. – dije intentando quitarle hierro al asunto. Ella seguía clavando sus ojos en mí, afirmó levemente con la cabeza y apretó los labios mientras arqueaba una ceja, gesto heredado de mi madre que significaba que no estaba convencida. Terminé de cenar en silencio y al acabar, tras recoger la mesa, subí a la habitación para leer un poco y dormir, al menos esa fue mi intención, al llegar a la habitación vi que Isaac había contestado a mi mensaje con un “Ok, hasta mñn” las dudas volvieron a asaltarme, tras quitarme la ropa me metí en la cama y eché mano del libro de la mesita “La isla del tesoro” de Robert Louis Stevenson, literatura obligada en 4º curso de E.S.O. abrí por donde tenía el marca-páginas pero no conseguí terminar de leer la primera. Tras incontables minutos con la vista fija en la misma palabra, decidí cerrar el libro y dormir, quizás el sueño me aclararía las ideas, o al menos eso pensé, aunque las mil y una vueltas que di, antes de caer dormido me demostraron lo contrario.

El despertador sonó como de costumbre, me levanté, visita obligada al baño y ducha mañanera para refrescar las ideas y terminar de despertar. Desayuné un sándwich, zumo de naranja y una pieza de fruta como de costumbre, sin recordar todo lo que la noche anterior me había quitado el sueño, hasta que cuando preparaba las cosas para clase, recibí un mensaje de Isaac “A partir de las 9 estaré solo, por si llegas antes. Un saludo” Un cosquilleo me subió por la columna y mi corazón se aceleró, era el momento crucial, o salía dirección a Madrid a pasar la mañana con Isaac e intentar quitarme a Andrés de la cabeza, o tomar el camino de mi instituto y arriesgarme a pasar todo el día pensando en él. Me armé de valor, tomé mis cosas y tras mirarme varias veces en el espejo de mi habitación, siempre he sido un poco coqueto para estas cosas, cogí el transporte rumbo a mi cita.

No voy a negar que a cada parada y cada estación a la que llegaba era una lucha interna para no dar media vuelta, pero había decidido hacerlo y cuando decido algo, rara vez me echo atrás. Llegue por fin a la parada de metro de Chamartín, el corazón me latía con fuerza y las manos me sudaban, mientras que parecía que en mis pulmones no entraba oxigeno, salí al exterior pero la sensación seguía ahí, cerré los ojos y respiré profundamente, comencé a caminar y en unos diez minutos que parecieron eternos llegué al edificio, con las manos temblorosas pulsé el telefonillo mientras echaba una ojeada a mi reloj, creí ver las 9:45. La voz de Isaac sonó a través del altavoz – ¿Si? ¿Quién es? – Mi corazón era ahora mismo como una locomotora sin control, tenía la boca tan seca que no alcancé a tragar saliva. – Soy Logan.- conseguí decir con la voz temblorosa. El silbido del portero automático me dio la señal para que empujara la puerta y entrara. Accedí al edificio y llamé al ascensor, aspiré un par de veces y solté sendos resoplidos hasta que el ascensor llegó y pude abrir la puerta, entré y pulsé el numero 5, intenté de nuevo relajarme, o al menos disimular lo máximo posible mi nerviosismo. El ascensor llegó a la planta de destino, tomé la última bocanada de aire y abrí la puerta del ascensor.

Frente al ascensor estaba Isaac, un chico de 1,75 aproximadamente, pelo corto moreno y con ligeras entradas y ojos avellanados de color marrón. Esperaba bajo el dintel de la puerta, le sonreí y le saludé con la mano, mi nerviosismo no daba para más, me devolvió el saludo de la misma forma y me invitó a entrar con un gesto de su mano. Entré y cerró la puerta tras de mí. La situación me resultaba extraña, aunque ahora el nerviosismo y el miedo anterior habían dado lugar al misterio. -¿Quieres tomar algo? – Preguntó con una sonrisa pícara en los labios – Agua, por favor. –En realidad necesitaba urgentemente lubricar mi lengua si quería hablar más de dos palabras. Isaac me brindó un vaso de agua y él se sirvió otro, no era tan guapo como Andrés, pero tenía atractivo y me daba morbo, llevaba una camiseta básica blanca y un pantalón corto de color amarillo de los lakers. Mientras bebíamos nos mirábamos el uno al otro, en mi interior olvidé todo temor y todo remordimiento y decidí ser yo quien se lanzase esa vez, quería revivir ese momento, pero quería que fuese diferente. Solté el vaso y sin dejar de mirarlo me acerqué a él lentamente, posé mi mano en su cintura mientras él soltaba su vaso, comenzamos a besarnos en la cocina, un estrecho pasillo con los muebles a un lado donde él se apoyó mientras nos acariciábamos y besábamos rítmicamente. Así pasamos unos minutos, hasta que comencé a quitarle la camiseta, él apartó lentamente sus labios de los míos –vamos a mi habitación- dijo mientras sonreía. Me tomó de la mano y me hizo seguirlo por el salón, a través del pasillo hasta llegar a su habitación, decorada con posters de coches y algunas fotos de amigos. La persiana estaba bajada, por lo que la luz era tenue, los rayos del sol entraban por las rendijas de la persiana dando un efecto muy íntimo. Nuestras manos volvieron a la carga mientras nuestros labios volvían a besarse pasionalmente, a partir de entonces nada fue suave, nada fue lento, todo fue pasión, desenfreno y morbo. Nos quitamos la ropa casi arrancándola, nos abrazábamos acaloradamente, nuestras manos recorrían el cuerpo del otro sin descanso, sin parar, ahora en el cuello, ahora bajaba por la espalda hasta el trasero, nuestros pechos chocaban con fuerza el uno con el otro, nos besábamos los labios, la cara, el cuello, él bajó hacia mis pezones y comenzó a morderlos y a agarrarlos con fuerza, nos clavábamos los dedos mientras nos agarrábamos para después abrazarnos tan fuerte como podíamos. Parecíamos dos leones en una pelea a vida o muerte, seguíamos besándonos y desnudándonos a riesgo de caer al suelo, al fin estábamos desnudos, y ambos tan cachondos que nuestros miembros estaban completamente erectos, el suyo y el mío eran casi idénticos, y ambos se encontraban en cada abrazo, cada roce de nuestros cuerpos y cada movimiento. Bajé mi boca hasta sus pezones y comencé a sorber mientras él acariciaba con fuerza mi nuca con una mano mientras con la otra empuñaba mi pene. Aprovechando aquella postura abracé su cintura y lo elevé del suelo para caer juntos con fuerza sobre la cama, podía sentir su pene húmedo en mi abdomen, caí encima suyo y trepé hasta alcanzar de nuevo su boca, comencé de nuevo a besarlo mientras agarraba con fuerza su trasero, rodamos un par de veces por la cama hasta que volví a quedar encima suyo, comencé a lamer sus labios, ahora su cuello y a bajar por su pecho.

Me di la vuelta para practicar una de mis posturas favoritas, el 69, Isaac lo pilló al vuelo y comenzó a lamer y a sorber mi pene mientras yo hacía lo propio con el suyo, en estos últimos meses había mejorado mi técnica y los gemidos de placer de Isaac me daban la razón, chupaba con fuerza y me ayudaba de mi mano para acariciarla, la introducía hasta el fondo para intensificar su placer, mientras que él seguía con mi miembro. Volvimos a la posición anterior y la pasión y el desenfreno fueron a más, casi era furia lo que nos comía y yo estaba disfrutando como un niño pequeño. Seguimos así un rato más, acariciándonos, a ratos jugando con nuestros miembros, agarrándonos la carne con fuerza, con ganas. Isaac me agarró la cabeza mientras respiraba airadamente junto a mi oído cuando mientras me entregaba un condón me susurró “fóllame”, esa palabra fue como soltar una goma que has estado estirando, fue un latigazo en mi interior, olvidé todo a mi alrededor, abrí el condón con la ayuda de los dientes y mientras que me lo colocaba en el pene, él se lubricó. Agarré con fuerza sus piernas y tiré de ellas hacia mí, las empujé hacia arriba y le penetré de un tirón. Comencé a balancear mis cinturas rítmicamente mientras besaba pasionalmente a Isaac, él agarraba mi espalda con fuerza mientras se le escapaba algún que otro gemido. Le solté una pequeña cachetada en el trasero y él me respondió cogiéndome por la nuca y mirándome con ojos lascivos. Seguí penetrándolo y volvimos a besarnos con furia, nos mordíamos los labios, me pellizcaba la espalda y a cada gesto similar le respondía con una nueva sacudida.

Su respiración comenzó a acelerarse y yo aceleré el ritmo cuando me descubrieron sus gemidos de placer mientras llegaba al orgasmo sin tocarse. A mí aun me quedaba un poco, él se retorcía de gusto mientras me pedía que siguiese y así lo hice, verlo eyacular me dio tanto morbo que me produjo el orgasmo, mientras seguía penetrándolo me corrí y él seguía apretando con fuerza mi cintura. De nuevo parecía que me faltaba el oxigeno, ambos estábamos bañados en sudor y mi pene seguía aun en su interior, lo saqué con cuidado mientras él soltaba el último de sus gemidos y retiré con cuidado el condón.

Me di una ducha y tras salir, mientras Isaac hacía lo mismo, vi nuestra ropa esparcida por el suelo de la habitación y la colcha removida, a mi mente volvieron los recuerdos de Andrés y junto con ellos el arrepentimiento por lo que acababa de pasar, me senté en la cama, con la toalla aun alrededor de mi cintura y volví a verme inmerso en mis miedos y mi culpa. Sentía que le había fallado, como si le hubiese sido infiel, tuve la tentación de llamarle, pedirle que nos viéramos. Isaac entró de nuevo a la habitación y me encontró aun sin vestir. – ¿Estás bien? – supongo que nunca se habría visto en esa situación. Me sinceré con él, le conté lo que había ocurrido el día anterior, cómo se había comportado Andrés y cómo había reaccionado yo. Supongo que fue un acto reflejo, necesitaba hablar con alguien, hablar sin tapujos, necesitaba ser escuchado. Isaac lo hizo, escuchó atentamente todos los detalles y luego sentenció – Es duro pasar por una ruptura, y aunque el sexo es divertido y mola, pero cuando se hace por despecho, el resultado no viene a ser bueno. – Posó su mano sobre mi hombro. –Ánimo, Logan, aquí estoy para lo que necesites. Y espero que al menos hayas disfrutado. – Terminó lanzándome su sonrisa pícara. Después de eso seguimos hablando un par de horas más, riendo, filosofando sobre la vida y poniendo ideas en común.

Ese fue el comienzo de mi amistad con Isaac, que aun dura a día de hoy, volvimos a acostarnos un par de veces, pero cuando nuestra amistad fue a más, decidimos dejar el sexo a un lado y ser solo amigos. Aquel día sus palabras me ayudaron mucho, aprendí que para disfrutar del sexo, no hay que mezclarlo con el despecho y que el sexo salvaje también mola mazo.  

jueves, 25 de abril de 2013

Capitulo 2.- Descubriendo mi sexualidad.

La experiencia que viví junto a Jaime en las duchas del gimnasio marcó un punto de inflexión en mi vida. Sentía como si me hubiese liberado de un peso que me oprimía: había liberado mi sexualidad por completo. Hasta la muerte de mi madre a mis quince años, yo había sido el hijo ejemplar: buen estudiante, deportista, sano, educado, en resumen, el hijo que toda madre querría tener. Aproximadamente un año antes de su muerte le diagnosticaron cáncer de útero. Antes de aquello mi madre era jovial, alegre, en su rostro siempre había una sonrisa que complementaba con la alegría de sus ojos verde esmeralda. Medía alrededor de un metro setenta y mantenía un cuerpo delgado aún después de haber dado a luz a mi hermana y a mí. De pequeño me encantaba dormir junto a ella oliendo la suave fragancia a vainilla de su larga cabellera negra y ondulada. Fue lo primero que perdió tras comenzar el tratamiento de quimioterapia, pero aun así el brillo de sus ojos no la abandonaba. Tras su muerte, me refugié en mi interior, me volví un chico introvertido y rebelde. No quería salir de casa, no quería estudiar, dejé el equipo de atletismo y ni tan siquiera contestaba a las llamadas de mis amigos.

A imposición de mi padre, comencé un tratamiento psicológico seis meses después de la muerte de mi madre. Iba dos veces en semana a hablar con el doctor, pero no fue hasta el cuarto mes de tratamiento cuando conseguí abrirme a él. En ese momento había perdido el curso académico, mis notas eran catastróficas y en clase solo me dedicaba a dibujar garabatos en el cuaderno mientras mi mente estaba absorta en cualquier otro lugar. El psicólogo consiguió ganarse mi confianza y gracias a él y a Mariana, nuestra ama de llaves desde que tengo uso de razón, conseguí recuperar la alegría. El doctor Esteban me convenció para que dedicase mi tiempo libre a algún deporte, probé con fútbol, baloncesto, tenis, equitación y alguno que otro más, pero me cansaba tan pronto como comenzaba. Ninguno me llamó tanto la atención como lo hizo el remo.

Yo por entonces era un adolescente de más de metro setenta, delgado o más bien enclenque, con 16 años recién cumplidos. Había perdido el curso académico, por lo que tendría que repetir 4º de la E.S.O., motivo oficial de mi padre para quedarnos en Madrid y no viajar como de costumbre a Filadelfia para visitar a la familia de mi padre. Lo cierto es que, desde la muerte de mi madre, nunca volvimos a ir juntos a EE. UU. Creo que, en el fondo, el poco interés de mi familia paterna en la enfermedad de mi madre enfrió aun más la relación de mi padre con su familia que, casi como él, eran despegados, fríos, antipáticos y autoritarios. Desde que mi madre murió, mi padre se aferró a su trabajo. Supongo que fue ahí donde encontró su válvula de escape. Tal era su obsesión por el trabajo, que llegué a pensar que la falta de mi madre le era indiferente e incluso le odié por ello y, aunque las relaciones con mi padre no han mejorado demasiado con el tiempo, es ahora cuando entiendo que el dolor que soportaba en su interior debía ser tan grande que, solo llegar a la casa donde había compartido tantas y tantas cosas con mi madre, para él significaría un calvario. Pero él no era el único que sufría.


El primer día que llegué a las instalaciones deportivas del Club de Remo, pensé que ocurriría como con los anteriores pasatiempos: entrenaría a desgana un día, para callar al doctor Esteban y así demostrar que no tenía la razón y el bucle en el que se había convertido mi vida volvería a empezar. Pero aquello no ocurrió. Comencé el entrenamiento y me gustó, me gustó tanto que aquel verano lo dediqué al club de remo por completo. Entrenaba todo el día y llegaba a casa tan cansado que después de cenar me iba a la cama directamente, solo con la esperanza de que amaneciese pronto para volver a irme al club. Tal y como mi padre había encontrado en su trabajo la forma de superar la ausencia de mi madre, yo la había encontrado en el remo y hasta hoy aún sigo disfrutando de ese maravilloso deporte, aunque debido a mis estudios no con tanta frecuencia como me gustaría.



El club me dio la llave para una nueva vida: conocí a gente maravillosa, hice muchos amigos, transformé mi cuerpo por completo y me enamoré por primera vez. Hasta entonces mi único contacto «sexual» con un chico había sido de pequeños, aproximadamente con unos seis años, cuando mis padres nos llevaron de vacaciones al pirineo aragonés a la casa de unos amigos suyos, que tenían un hijo de más o menos mi edad. Borja era un niño resultón, travieso y bastante consentido, lo que le otorgaba el papel de mandamás. Yo me dejaba llevar, era un niño bastante tímido —aunque con el tiempo esa timidez haya desaparecido—, y me dejaba dirigir por él. La cosa es que cuando estábamos a solas él me enseñaba los besos de los mayores, como él mismo los llamaba, y yo, aunque carecía por entonces de apetito sexual, ya apuntaba maneras porque el secretismo y el riesgo a ser descubiertos me hacía verlo interesante. No hicimos mucho más, al menos durante los primeros años. Más tarde, ya con unos once años, me enseñó lo que era la masturbación y el placer de que lo hagan otros. Un par de años más tarde ambos comenzamos a tener novias y nuestros encuentros sexuales pasaron a un simple recuerdo.

Con Andrés fue diferente, tuvimos una conexión casi instantánea y una atracción mutua, palpable desde que nos vimos por primera vez. Cuando nos conocimos yo ya llevaba como seis meses en el club de remo, había hecho de aquello mi casa. Era un lunes de octubre, llegué como de costumbre sobre las cinco de la tarde, saludé a la recepcionista y me encaminé por el pasillo hasta llegar a las escaleras, bajé a la planta inferior y, mientras apagaba mi Ipod antes de agarrar el pomo de la puerta, esta se abrió rápidamente y me golpeó en la cabeza. Solté un «joder» con aire un tanto malhumorado y me llevé la mano a la cabeza.
—Ostias, lo siento, perdón —contestó rápidamente la persona que iba saliendo.
—Bah, no pasa nada, estoy bien —contesté, quitándole importancia. Levanté la vista y vi a un chico castaño, con el pelo corto peinado hacia atrás, unos increíbles ojos verdes, con largas pestañas oscuras. Tenía la piel clara, los carrillos delgados y los labios eran carnosos y muy encarnados, escondiendo una dentadura perfecta y blanca. Llevaba un neopreno negro con motivos celestes y dejaba ver una cintura estrecha, una espalda ancha y un torso fibrado. Durante unos segundos me quedé absorto mirándolo, y a él le ocurrió lo mismo. No sabría decir exactamente cuánto tiempo pasó desde que nuestras miradas se encontraron hasta que él rompió el silencio.
—¿De verdad? ¿Estás bien? Tío, lo siento abrí sin mirar… —su tono era un poco airado.
— En serio, estoy bien… bueno, hasta otra —contesté, intentando comportarme de una forma normal. Abrí la puerta del vestuario y entré a cambiarme sin mirar de nuevo al misterioso chico. Nunca lo había visto por allí y eso me intrigaba. Resultó ser el sobrino del entrenador. Era de Valencia y tenía un par de años más que yo. Acababa de llegar a Madrid para comenzar el primer curso de ingeniería aeroespacial en la Universidad Carlos III y, como la pasión por el remo le venía de familia, su tío se había asegurado de que seguía entrenando para competir.

Ese fue nuestro primer contacto. Comenzamos a entrenar juntos y al poco tiempo empezamos a quedar a diario para estudiar después del entrenamiento. En unos meses nos hicimos amigos inseparables. Había pasado la navidad, y sus exámenes estaban a la vuelta de la esquina. Como de costumbre, quedábamos para estudiar juntos, ya fuese en mi casa o en la suya. Una fría tarde de enero, cada uno leía de sus respectivos apuntes, sentados en el gran escritorio de su habitación, en silencio, como hacíamos cada tarde. Sus tíos habían salido a hacer la compra y estábamos solos en casa. Yo memorizaba fechas de la crisis del antiguo régimen en España, mientras que él jugueteaba a hacer girar el bolígrafo entre sus dedos, una manía suya que yo no llegaba a entender, pero con la que tenía bastante soltura. En uno de esos giros, el bolígrafo salió disparado en mi dirección y fue a caer al lado de mi mano, que jugueteaba con la esquina superior del libro. Él fue a alcanzar el bolígrafo sin levantar la vista de los apuntes y su mano fue a aterrizar sobre la mía. Admito que desde el primer día en que lo vi en el club de remo, había sentido una extraña atracción por él, pero no llegaba a entender a qué se debía. Al sentir su mano sobre la mía mi cuerpo se sobresaltó, mi respiración se cortó de pronto, la piel se me erizó y el rubor corrió por mis mejillas. Dirigí mi mirada hacia sus ojos y le vi contemplando mi reacción con un extraño misterio en sus ojos. Yo estaba petrificado. En mi pecho mi corazón se removía con fuerza, y pude sentir un extraño frío bajando hasta el estómago, mi cuerpo se sobrecogió por completo y su respuesta fue acercarse unos centímetros a mí, sin dejar de mirarme a los ojos. Lentamente yo hice lo mismo sin pestañear, observando cómo sus ojos verdes miraban a los míos. Poco a poco fuimos acercándonos hasta que nuestros labios se encontraron. Besaba de forma genial. Yo cerré los ojos y me dejé llevar, él soltó mi mano y me rodeó la nuca, tirando suavemente hacia él. Yo le seguí y al poco nos besábamos de la forma más pasional en la que había besado a alguien hasta el momento. Seguimos besándonos durante unos minutos, cada vez más cerca el uno del otro. Andrés me comenzó a acariciar suave y lentamente con su mano pasando desde mi nuca hasta mi hombro, desde mi hombro hasta mi pecho, bajando después a mi abdomen, después hasta mi costado para volver al abdomen y terminar sobre mi entrepierna, donde mi pene hacía rato que había despertado al deseo.

Yo comencé a besarle hasta llegar al cuello, haciendo hincapié en la zona bajo sus orejas y jugueteando con la lengua en su lóbulo. Él se encogía ligeramente cuando tocaba su lóbulo y notaba cómo aspiraba más fuerte: había encontrado su punto débil. De pronto, Andrés se separó de mí y me observó dubitativo por unos segundos. Yo le respondí complacido con una leve sonrisa y él se puso en pie y me arrastró hacia la cama, donde aterrizamos abrazados volviendo a besarnos. A cada minuto que pasaba, la pasión iba en aumento. Llegados a ese punto, la ropa nos sobraba y fui yo quien dio el primer paso. Tiré de su camiseta hacia arriba y descubrí su pecho fibrado. Eran tantas las veces que lo había visto desnudo en los vestuarios del club que ahora entendía que lo que sentía era atracción. Andrés terminó de quitarse la camiseta y después hizo lo propio con la mía. Pegamos nuestros cuerpos besándonos y rodando por la cama, sintiendo el calor de su carne junto a la mía y el bulto de su pene erecto, que buscaba la salida a través del pantalón de chándal negro. Fue él quien dio esta vez el paso y comenzó a tirar hacia abajo mis pantalones. Se las amañó para no despegarse de mí y conseguir desnudarme por completo. Yo lo intenté tras él pero me fue imposible, tuvo que terminar por patalear un poco para librarse de la maraña de sus pantalones que estaban enredados en sus pies. Por fin estábamos totalmente desnudos, su pene erguido se imponía frente a mí. Comenzamos a besarnos de nuevo y a seguir rodando por la cama, sin pronunciar palabra alguna, hasta quedar él sobre mí. Comenzó a besarme bajando por mi cuello, recorriendo mi pecho hasta llegar a mi abdomen y siguió besándome hasta llegar a mi miembro. Mi cuerpo se estremecía de placer. Tomó mi miembro y lo introdujo en su boca. Comenzó a succionar y a mover su cabeza hacia adelante y hacia atrás. Era la primera vez que un hombre me la comía, pero tal y como lo hacía, no era de extrañar que tuviese algo de experiencia. Aún así yo estaba disfrutando como nunca, agarraba con fuerza el edredón entre mis puños mientras él seguía adelante y atrás haciéndome tocar el cielo.

Yo quise responder de la misma manera, le tomé la barbilla con los dedos y suavemente le arrastré de nuevo su boca junto a la mía. Rodamos una vez más hasta que yo quedé sobre él y comencé a bajar acariciando con mi lengua todo el camino desde su boca hasta su miembro. Jamás lo había hecho, pero deseaba meterme en la boca su pene y hacerle las mismas cosas que él me había hecho a mí. Agarré su pene con mi mano mientras lo introducía lentamente en mi boca. Una vez estuvo dentro, cerré los labios, rodeando su miembro con mimo, y jugueteé con mi lengua. Su cuerpo se estremeció mientras notaba en mis papilas el regusto salado de su falo. Fue una sensación extraña pero agradable, muy diferente a una vagina. Hice lo propio y comencé a jugar a meter y sacar su pene de mi boca acariciándolo con mi lengua y mis labios, ayudado por mi mano, que lo acariciaba en toda su extensión desde arriba hacia abajo. Seguí en aquel trabajo durante unos minutos, de vez en cuando miraba a Andrés tímidamente. Estaba muy excitado y con los ojos cerrados, veía como su pecho se hinchaba y se relajaba con rapidez. De vez en cuando resoplaba, sobre todo cuando mordí con suavidad la punta de su pene, momento en el que Andrés abrió los ojos y me miró excitado, lanzándome una sonrisa con sus labios encarnados coronados con la perfecta dentadura. Me lo saqué de la boca y volví a subir hasta besarnos de nuevo. Él rodeó con sus piernas mi cintura mientras me abrazaba y tiraba de mí hacia él con sus brazos. Yo comencé a besarle de nuevo el cuello mientras mi pene jugueteaba bajo sus testículos. Noté cómo Andrés se retorcía levemente. Me incorporé un poco y vi cómo acercaba la mano a su boca y la humedecía generosamente para luego retorcerse de nuevo y bajar hasta su trasero. Seguidamente me miró a los ojos, sonriendo mientras empuñaba mi pene en dirección a su ano.
—Con suavidad —dijo en un susurro. Empujé, cauteloso, mientras él movía sus caderas buscando el camino para que mi miembro lo penetrase. Seguí empujando y pude sentir cómo poco a poco iba introduciéndome hacia adentro—. Espera, un segundo —dijo de nuevo en voz baja. Volvió a humedecerse la mano con saliva para llevarla a mi pene. Volví a colocarlo en posición y empujé de nuevo suavemente, las paredes de su ano iban dilatándose conforme yo empujaba y cuanto más entraba, más sentía en mi pene la calidez de su interior. El cuerpo de Andrés se estremeció a la par que él mismo empujaba mis caderas hacia sí mismo. Ya estaba completamente dentro, moví hacia atrás mis caderas y fui introduciendo y sacando rítmicamente mi pene.

Seguí penetrándolo mientras nos besábamos. Él de vez en cuando soltaba un jadeo entre su respiración, me miraba, cerraba los ojos y volvía a tirar de mis caderas hacia dentro. Subí el ritmo un poco y él contestó mordiéndome el labio inferior con suavidad. Comencé a jugar con los ritmos, aceleraba durante unos segundos para luego volverlo más lento, mientras las paredes prietas de su ano sobre mi pene me estremecían de placer. Me erguí sobre mis brazos mientras seguía penetrándole para poder observarlo. Él volvió a agarrar mi cintura y a acompañar el movimiento intentando que acelerase. Le hice caso y nuestras respiraciones se hicieron más rápidas.
—Sigue… sí... —musitó. Yo aceleré aun más y él abrazó su pene con su mano y comenzó a frotarlo con fuerza. Mientras comenzaba a jadear, yo aceleré aun más el ritmo al tiempo que su semen comenzaba a salir despedido con fuerza, aterrizando en su abdomen y su pecho, como pequeñas gotas blanquecinas. Un espasmo recorrió mi cuerpo, seguido de otro y otro más. Seguí penetrándole por unos segundos hasta el momento en que sabía que iba a correrme. Cerré los ojos y saqué mi pene y en la misma posición comencé a frotarlo hacia arriba y hacia abajo. Una gran sacudida me recorrió todo el cuerpo mientras mi semen se encontraba con el suyo sobre su abdomen. La calma volvió a mi cuerpo. Abrí los ojos y miré a Andrés. Él me observaba sonriendo. Le devolví la sonrisa y le besé.

Esa había sido mi primera experiencia sexual con un chico, poco después supe que no era así para Andrés. Él ya había tenido algún que otro escarceo anterior, aunque era uno de sus secretos mejor guardados. Andrés y yo comenzamos entonces una relación corta pero intensa, eso sí, absolutamente secreta. Aprendí muchísimo de aquello y, además, junto a él descubrí parte de mi sexualidad. 

                                                                   Continuará...

jueves, 18 de abril de 2013

Capitulo 1 - Mi primera vez

Me llamo Logan, tengo 24 años y me encanta el sexo, en labios de mi padre sonaría peor, porque utilizaría términos como adicto, ninfómano, guarro, pervertido y cientos de calificativos peyorativos, pero yo prefiero llamarme hipersexual, suena mucho mejor. La cuestión es que mi hipersexualidad se agudiza cuando el escenario no es el más adecuado. Resumiendo, me gusta tener sexo en lugares poco convencionales.

Esta costumbre comenzó a los 19 años, sí, algo tardía, aunque yo ya llevaba desde los 14 teniendo relaciones con chicas y desde los 17 también con algún que otro chico. Supongo que esta inclinación ya se dejaba ver desde antes, y quizás se debía a eso que me pusiese tan cachondo darme el lote con mis novias en la hierba del parque o en la arena de la playa, incluso mucho más que en una cama. La cuestión es que hasta ese momento no me había dado cuenta de lo placentero que es follar en un sitio público, donde puedes ser objeto de miradas furtivas.

Además, siempre he vivido mi sexualidad con total libertad, nunca me he etiquetado de hetero, gay o bisexual, disfruto con el sexo, sea del que sea. Si a eso le añadimos que en el reparto biológico he tenido la suerte de nacer con un cuerpo fibrado y esbelto, 1.80 metros de altura, 79 kg. de peso, piel morena y pelo castaño oscuro y una cara bonita adornada con unos ojos azul cielo, la verdad es que no lo he tenido difícil a la hora de encontrar acompañante.

Mi primera vez en un sitio público fue en las duchas del gimnasio donde entrenaba. Acababa de cambiar mi gimnasio de barrio por uno mucho más grande recién abierto cerca de la universidad donde estudio. Normalmente iba a entrenar por la tarde noche, pero ese día decidí saltarme la única clase que quedaba e irme a soltar adrenalina al gimnasio. Hasta aquí todo normal, fue cuando entrenaba pecho en el press de banca horizontal cuando comenzó el «cortejo». Tengo la costumbre de darme caña en el gimnasio, lo que se traduce en que termino con los músculos destrozados de cargar como un animal, por lo que a veces necesito algo de ayuda para terminar de tirar en algún ejercicio, sobre todo al final. Fue entonces, cuando casi los brazos te van fallando, que mi romeo particular entró en acción.

Tenía aproximadamente mi altura, rubio, rapado y con barbita de dos días, ojos grises y unos labios carnosos que mostraban, tras una sonrisa picarona, unas paletas ligeramente separadas, lo que le daba un aire malote bastante interesante. Su cuerpo era todo fibra, y su camiseta roja con las mangas cortadas dejaba ver unos brazos bien trabajados, aunque lo que más me llamó la atención fueron sus piernas, en concreto sus gemelos. Tenía por gemelos dos balones de rugby y vestía un pantalón tan corto que desde mi posición tumbada podía entrever un calzoncillo blanco liso bien relleno. Se había colocado detrás de la máquina, justo encima de mi cabeza y me había comenzado a ayudar a cargar la barra en las últimas repeticiones. Cuando posé por fin la barra en la máquina y me incorporé para agradecerle la ayuda sus ojos me escanearon al completo y lo único que soltó fue un «de nada» junto con un guiño, después de mi «Gracias».
—Si me necesitas, estoy por aquí —me dijo moviendo ligeramente la cabeza a la derecha, señalando las máquinas de piernas, yo asentí con la cabeza y esbocé una sonrisa y él recogió su toalla del suelo y se dirigió hacia donde me había señalado antes.

Los siguientes minutos fueron una batalla de miradas furtivas entre él y yo y alguna que otra sonrisa. Ya solo me quedaba el último de los ejercicios, apertura. Me senté en la maquina y comencé a hacer el ejercicio. En el cambio de máquinas había perdido de vista al maromo misterioso y no fue hasta el final del ejercicio cuando lo volví a ver, esta vez frente a mí, en la zona de abdominales. Miraba hacia un lado y hacia otro, algo nervioso, como si temiese que alguien lo estuviese viendo, eso me ponía aun más, pero ya fue cuando se aseguró de que nadie lo miraba cuando bajó la cabeza, pasó su mano por sus minúsculos shorts, apretando ligeramente el paquete y devolviéndome la mirada después. Mi gesto fue apartarle lentamente la vista, y de forma muy pícara morderme el labio inferior mientras sonreía con timidez. Estaba a mil por hora, su camiseta roja se le pegaba al cuerpo por el sudor y yo deseaba lamerle los pectorales y chuparle los pezones como si fuese lo último que fuese a hacer.


No sé cómo conseguí disimular la erección que tenía en ese momento, pero no podía seguir allí. Me encaminé a las taquillas que estaban en el sótano, junto a las duchas y los baños. Tenía que salir de allí o explotaría como una olla a presión sin válvula de escape. Abrí mi taquilla y saqué mi toalla de ducha, necesitaba una ducha fría, tenía que quitarme el calentón que acababa de entrarme. Había conseguido bajar un poco mi erección por lo que ya no era tan evidente. Me desnudé ajeno a mi alrededor, intentando quitar de mi mente la imagen del rubio agarrándose el paquete, pero fue imposible, la erección volvió a hacerse más patente, así que decidí meterme en la última de las duchas, al fondo del pasillo. Coloqué la toalla por encima de la madera que unía una ducha con otra y sin cerrar la puerta abrí por completo el grifo de agua fría. No noté cambio en la temperatura, pero el agua recorría mi cuerpo por todos sitios, mi pelo ya estaba completamente húmedo pero mi pene seguía erguido como si de una torre medieval se tratase. Pasaba mi mano lentamente por mi pecho, por mi abdomen, y volvía a subir hasta el cuello, terminando en la nuca. Levanté la cabeza y dejé que el agua me cayese directamente en la cara. Por fin sentía que la temperatura de mi cuerpo descendía a límites humanos, comencé a relajar mis músculos y a volver a la realidad. Cuando por fin me giré vi en la ducha de enfrente al rubio rapado de hacía un momento, pero esta vez desnudo. Su pecho parecía esculpido por la mejor escuela griega de escultura y sus abdominales, aunque asimétricos, parecían hechos a cincel. Se estaba enjabonando con la puerta abierta y mirando hacia mí, con su misma sonrisa picarona de hacía un momento, y entre sus piernas le colgaba un pene medio flácido que debía medir como 17 centímetros.

       Mi corazón volvió a latir sin freno y el gesto de mi cara de sorpresa le tuvo que trasponer un poco porque frunció el ceño, pero cuando miró hacia mi entrepierna, lo que antes era ya un pene en reposo, rápidamente volvió a la carga. Me sentía como un toro de miura en época de celo frente a una vaquilla. Estaba sin freno y, tras relajar el rostro con una nueva sonrisa que mostraba la separación de las paletas, me invitó a entrar en su ducha con un nuevo gesto de cabeza. Agarré la toalla, crucé el pasillo sin mirar y me introduje junto con el rubio en su ducha. Él fue a cerrar la puerta tras mi entrada pero, como si de un acto reflejo se tratase, la paré con la mano y volví a abrirla, lo miré sonriendo altivamente y al volver la mirada a su entrepierna vi que ahora su pene estaba completamente erecto. No era del todo recto, estaba ligeramente curvado a la izquierda y regado de venas que nacían en la base y lo recorrían en todo el cuerpo. Su glande era enorme y cabezudo. Me gustaba su forma, y el tacto al cogerlo con la mano me puso aún más a cien. Mientras se enjuagaba la espuma nos tocábamos, yo mordiéndome el labio inferior y él intentando contener la respiración rápida para no hacer demasiado ruido. De vez en cuando echaba un ojo hacia fuera. Su preocupación por que alguien nos viese metiéndonos mano en las duchas me ponía aún más.

Comenzamos a besarnos mientras nos tocábamos bajo el agua de la ducha. Nuestros penes se encontraban de vez en cuando, mientras nuestras manos hacían lo propio. Nos la acariciábamos hacia arriba y hacia abajo, lentamente, como si fuésemos a la par. Notaba que estaba igual de excitado que yo, sus pezones completamente contraídos. Me agaché ligeramente e introduje su pezón derecho entre mis labios, lo rodeé con mis dientes y comencé a mordisquearlo con suavidad. Él me contestó apretando mi pene aun más, señal de que la excitación iba en aumento. Yo hice lo mismo. Fue entonces cuando me empujó contra la pared de la ducha. Se agachó hasta ponerse en cuclillas y comenzó a felarme el miembro con energía. Succionaba, lamía y se ayudaba de la mano para pasarse el pene por los labios. Volvía a meterse el pene en la boca hasta que el glande le tocaba la garganta, una y otra vez. Mientras con la mano libre, a ratos, me acariciaba el culo y el pecho. Le agarré la cabeza con pasión y lo obligué lentamente a que se metiese mi pene aún más adentro. Un leve gesto de náusea le vino de repente. Cedí un poco y él, aún con mi miembro en la boca, miró hacia arriba, me guiñó el ojo y siguió su trabajo incansable. Yo estaba tan cachondo que si seguía así, no tardaría en llegar al orgasmo. Mi respiración se iba acelerando aún más, y el corazón se me iba a salir del pecho. Él seguía mamando y lamiendo, mientras con su otra mano se acariciaba su propio pene. Cuando tenía mi miembro fuera de la boca, lamía con fuerza mis testículos, provocándome más placer aún. Si hay algo que me encante es que me laman los huevos.

Mi respiración comenzó a acelerarse, signo de que iba a terminar corriéndome en breve. Apreté fuerte los labios y el puño. El chico lo notó y me volvió a guiñar el ojo mientras se la sacaba de la boca. Comenzó a acariciar con fuerza tanto la suya como la mía. El cosquilleo del orgasmo se hizo dueño de mi cuerpo y lo recorrió durante unos segundos muy generosos. Él siguió bombeando hasta que los espasmos me poseyeron y mi semen comenzó a salir con fuerza, aterrizando en el pecho del rapado, cosa que le excitó tanto que él también terminó corriéndose casi a la par.

Una vez hubimos terminado, nos miramos durante unos segundos de forma apasionada hasta que rompí esa tensión empujándolo bajo el agua. Salí de la ducha y cerré la puerta tras de mí, no sin antes guiñarle un ojo. Volví a mi ducha, terminé de asearme, me sequé y, una vez en las taquillas, me vestí, recogí todos mis bártulos, los metí en mi mochila y me dirigí a la zona de los lavabos, donde estaban los espejos y solía peinarme un poco antes de salir. Allí coincidimos el rubio y yo, nos despedimos con un ligero arqueo de cejas y seguí mi camino a casa. El chico se llamaba Jaime, ese día ni tan siquiera hablamos más de las cuatro palabras que cruzamos en la sala de máquinas, pero desde ese momento se convirtió en alguien recurrente en los mediodías de calentón en el gimnasio, aunque de esas experiencias ya hablaré en otro momento.
continuará...