jueves, 18 de abril de 2013

Capitulo 1 - Mi primera vez

Me llamo Logan, tengo 24 años y me encanta el sexo, en labios de mi padre sonaría peor, porque utilizaría términos como adicto, ninfómano, guarro, pervertido y cientos de calificativos peyorativos, pero yo prefiero llamarme hipersexual, suena mucho mejor. La cuestión es que mi hipersexualidad se agudiza cuando el escenario no es el más adecuado. Resumiendo, me gusta tener sexo en lugares poco convencionales.

Esta costumbre comenzó a los 19 años, sí, algo tardía, aunque yo ya llevaba desde los 14 teniendo relaciones con chicas y desde los 17 también con algún que otro chico. Supongo que esta inclinación ya se dejaba ver desde antes, y quizás se debía a eso que me pusiese tan cachondo darme el lote con mis novias en la hierba del parque o en la arena de la playa, incluso mucho más que en una cama. La cuestión es que hasta ese momento no me había dado cuenta de lo placentero que es follar en un sitio público, donde puedes ser objeto de miradas furtivas.

Además, siempre he vivido mi sexualidad con total libertad, nunca me he etiquetado de hetero, gay o bisexual, disfruto con el sexo, sea del que sea. Si a eso le añadimos que en el reparto biológico he tenido la suerte de nacer con un cuerpo fibrado y esbelto, 1.80 metros de altura, 79 kg. de peso, piel morena y pelo castaño oscuro y una cara bonita adornada con unos ojos azul cielo, la verdad es que no lo he tenido difícil a la hora de encontrar acompañante.

Mi primera vez en un sitio público fue en las duchas del gimnasio donde entrenaba. Acababa de cambiar mi gimnasio de barrio por uno mucho más grande recién abierto cerca de la universidad donde estudio. Normalmente iba a entrenar por la tarde noche, pero ese día decidí saltarme la única clase que quedaba e irme a soltar adrenalina al gimnasio. Hasta aquí todo normal, fue cuando entrenaba pecho en el press de banca horizontal cuando comenzó el «cortejo». Tengo la costumbre de darme caña en el gimnasio, lo que se traduce en que termino con los músculos destrozados de cargar como un animal, por lo que a veces necesito algo de ayuda para terminar de tirar en algún ejercicio, sobre todo al final. Fue entonces, cuando casi los brazos te van fallando, que mi romeo particular entró en acción.

Tenía aproximadamente mi altura, rubio, rapado y con barbita de dos días, ojos grises y unos labios carnosos que mostraban, tras una sonrisa picarona, unas paletas ligeramente separadas, lo que le daba un aire malote bastante interesante. Su cuerpo era todo fibra, y su camiseta roja con las mangas cortadas dejaba ver unos brazos bien trabajados, aunque lo que más me llamó la atención fueron sus piernas, en concreto sus gemelos. Tenía por gemelos dos balones de rugby y vestía un pantalón tan corto que desde mi posición tumbada podía entrever un calzoncillo blanco liso bien relleno. Se había colocado detrás de la máquina, justo encima de mi cabeza y me había comenzado a ayudar a cargar la barra en las últimas repeticiones. Cuando posé por fin la barra en la máquina y me incorporé para agradecerle la ayuda sus ojos me escanearon al completo y lo único que soltó fue un «de nada» junto con un guiño, después de mi «Gracias».
—Si me necesitas, estoy por aquí —me dijo moviendo ligeramente la cabeza a la derecha, señalando las máquinas de piernas, yo asentí con la cabeza y esbocé una sonrisa y él recogió su toalla del suelo y se dirigió hacia donde me había señalado antes.

Los siguientes minutos fueron una batalla de miradas furtivas entre él y yo y alguna que otra sonrisa. Ya solo me quedaba el último de los ejercicios, apertura. Me senté en la maquina y comencé a hacer el ejercicio. En el cambio de máquinas había perdido de vista al maromo misterioso y no fue hasta el final del ejercicio cuando lo volví a ver, esta vez frente a mí, en la zona de abdominales. Miraba hacia un lado y hacia otro, algo nervioso, como si temiese que alguien lo estuviese viendo, eso me ponía aun más, pero ya fue cuando se aseguró de que nadie lo miraba cuando bajó la cabeza, pasó su mano por sus minúsculos shorts, apretando ligeramente el paquete y devolviéndome la mirada después. Mi gesto fue apartarle lentamente la vista, y de forma muy pícara morderme el labio inferior mientras sonreía con timidez. Estaba a mil por hora, su camiseta roja se le pegaba al cuerpo por el sudor y yo deseaba lamerle los pectorales y chuparle los pezones como si fuese lo último que fuese a hacer.


No sé cómo conseguí disimular la erección que tenía en ese momento, pero no podía seguir allí. Me encaminé a las taquillas que estaban en el sótano, junto a las duchas y los baños. Tenía que salir de allí o explotaría como una olla a presión sin válvula de escape. Abrí mi taquilla y saqué mi toalla de ducha, necesitaba una ducha fría, tenía que quitarme el calentón que acababa de entrarme. Había conseguido bajar un poco mi erección por lo que ya no era tan evidente. Me desnudé ajeno a mi alrededor, intentando quitar de mi mente la imagen del rubio agarrándose el paquete, pero fue imposible, la erección volvió a hacerse más patente, así que decidí meterme en la última de las duchas, al fondo del pasillo. Coloqué la toalla por encima de la madera que unía una ducha con otra y sin cerrar la puerta abrí por completo el grifo de agua fría. No noté cambio en la temperatura, pero el agua recorría mi cuerpo por todos sitios, mi pelo ya estaba completamente húmedo pero mi pene seguía erguido como si de una torre medieval se tratase. Pasaba mi mano lentamente por mi pecho, por mi abdomen, y volvía a subir hasta el cuello, terminando en la nuca. Levanté la cabeza y dejé que el agua me cayese directamente en la cara. Por fin sentía que la temperatura de mi cuerpo descendía a límites humanos, comencé a relajar mis músculos y a volver a la realidad. Cuando por fin me giré vi en la ducha de enfrente al rubio rapado de hacía un momento, pero esta vez desnudo. Su pecho parecía esculpido por la mejor escuela griega de escultura y sus abdominales, aunque asimétricos, parecían hechos a cincel. Se estaba enjabonando con la puerta abierta y mirando hacia mí, con su misma sonrisa picarona de hacía un momento, y entre sus piernas le colgaba un pene medio flácido que debía medir como 17 centímetros.

       Mi corazón volvió a latir sin freno y el gesto de mi cara de sorpresa le tuvo que trasponer un poco porque frunció el ceño, pero cuando miró hacia mi entrepierna, lo que antes era ya un pene en reposo, rápidamente volvió a la carga. Me sentía como un toro de miura en época de celo frente a una vaquilla. Estaba sin freno y, tras relajar el rostro con una nueva sonrisa que mostraba la separación de las paletas, me invitó a entrar en su ducha con un nuevo gesto de cabeza. Agarré la toalla, crucé el pasillo sin mirar y me introduje junto con el rubio en su ducha. Él fue a cerrar la puerta tras mi entrada pero, como si de un acto reflejo se tratase, la paré con la mano y volví a abrirla, lo miré sonriendo altivamente y al volver la mirada a su entrepierna vi que ahora su pene estaba completamente erecto. No era del todo recto, estaba ligeramente curvado a la izquierda y regado de venas que nacían en la base y lo recorrían en todo el cuerpo. Su glande era enorme y cabezudo. Me gustaba su forma, y el tacto al cogerlo con la mano me puso aún más a cien. Mientras se enjuagaba la espuma nos tocábamos, yo mordiéndome el labio inferior y él intentando contener la respiración rápida para no hacer demasiado ruido. De vez en cuando echaba un ojo hacia fuera. Su preocupación por que alguien nos viese metiéndonos mano en las duchas me ponía aún más.

Comenzamos a besarnos mientras nos tocábamos bajo el agua de la ducha. Nuestros penes se encontraban de vez en cuando, mientras nuestras manos hacían lo propio. Nos la acariciábamos hacia arriba y hacia abajo, lentamente, como si fuésemos a la par. Notaba que estaba igual de excitado que yo, sus pezones completamente contraídos. Me agaché ligeramente e introduje su pezón derecho entre mis labios, lo rodeé con mis dientes y comencé a mordisquearlo con suavidad. Él me contestó apretando mi pene aun más, señal de que la excitación iba en aumento. Yo hice lo mismo. Fue entonces cuando me empujó contra la pared de la ducha. Se agachó hasta ponerse en cuclillas y comenzó a felarme el miembro con energía. Succionaba, lamía y se ayudaba de la mano para pasarse el pene por los labios. Volvía a meterse el pene en la boca hasta que el glande le tocaba la garganta, una y otra vez. Mientras con la mano libre, a ratos, me acariciaba el culo y el pecho. Le agarré la cabeza con pasión y lo obligué lentamente a que se metiese mi pene aún más adentro. Un leve gesto de náusea le vino de repente. Cedí un poco y él, aún con mi miembro en la boca, miró hacia arriba, me guiñó el ojo y siguió su trabajo incansable. Yo estaba tan cachondo que si seguía así, no tardaría en llegar al orgasmo. Mi respiración se iba acelerando aún más, y el corazón se me iba a salir del pecho. Él seguía mamando y lamiendo, mientras con su otra mano se acariciaba su propio pene. Cuando tenía mi miembro fuera de la boca, lamía con fuerza mis testículos, provocándome más placer aún. Si hay algo que me encante es que me laman los huevos.

Mi respiración comenzó a acelerarse, signo de que iba a terminar corriéndome en breve. Apreté fuerte los labios y el puño. El chico lo notó y me volvió a guiñar el ojo mientras se la sacaba de la boca. Comenzó a acariciar con fuerza tanto la suya como la mía. El cosquilleo del orgasmo se hizo dueño de mi cuerpo y lo recorrió durante unos segundos muy generosos. Él siguió bombeando hasta que los espasmos me poseyeron y mi semen comenzó a salir con fuerza, aterrizando en el pecho del rapado, cosa que le excitó tanto que él también terminó corriéndose casi a la par.

Una vez hubimos terminado, nos miramos durante unos segundos de forma apasionada hasta que rompí esa tensión empujándolo bajo el agua. Salí de la ducha y cerré la puerta tras de mí, no sin antes guiñarle un ojo. Volví a mi ducha, terminé de asearme, me sequé y, una vez en las taquillas, me vestí, recogí todos mis bártulos, los metí en mi mochila y me dirigí a la zona de los lavabos, donde estaban los espejos y solía peinarme un poco antes de salir. Allí coincidimos el rubio y yo, nos despedimos con un ligero arqueo de cejas y seguí mi camino a casa. El chico se llamaba Jaime, ese día ni tan siquiera hablamos más de las cuatro palabras que cruzamos en la sala de máquinas, pero desde ese momento se convirtió en alguien recurrente en los mediodías de calentón en el gimnasio, aunque de esas experiencias ya hablaré en otro momento.
continuará...

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