Me llamo Logan, tengo 24 años y
me encanta el sexo, en labios de mi padre sonaría peor, porque utilizaría
términos como adicto, ninfómano, guarro, pervertido y cientos de calificativos
peyorativos, pero yo prefiero llamarme hipersexual, suena mucho mejor. La
cuestión es que mi hipersexualidad se agudiza cuando el escenario no es el más
adecuado. Resumiendo, me gusta tener sexo en lugares poco convencionales.
Esta costumbre comenzó a los 19
años, sí, algo tardía, aunque yo ya llevaba desde los 14 teniendo relaciones
con chicas y desde los 17 también con algún que otro chico. Supongo que esta
inclinación ya se dejaba ver desde antes, y quizás se debía a eso que me
pusiese tan cachondo darme el lote con mis novias en la hierba del parque o en
la arena de la playa, incluso mucho más que en una cama. La cuestión es que
hasta ese momento no me había dado cuenta de lo placentero que es follar en un
sitio público, donde puedes ser objeto de miradas furtivas.
Además, siempre he vivido mi
sexualidad con total libertad, nunca me he etiquetado de hetero, gay o
bisexual, disfruto con el sexo, sea del que sea. Si a eso le añadimos que en el
reparto biológico he tenido la suerte de nacer con un cuerpo fibrado y esbelto,
1.80 metros de altura, 79 kg. de peso, piel morena y pelo castaño oscuro y una
cara bonita adornada con unos ojos azul cielo, la verdad es que no lo he tenido
difícil a la hora de encontrar acompañante.
Mi primera vez en un sitio
público fue en las duchas del gimnasio donde entrenaba. Acababa de cambiar mi
gimnasio de barrio por uno mucho más grande recién abierto cerca de la
universidad donde estudio. Normalmente iba a entrenar por la tarde noche, pero
ese día decidí saltarme la única clase que quedaba e irme a soltar adrenalina
al gimnasio. Hasta aquí todo normal, fue cuando entrenaba pecho en el press de banca horizontal cuando comenzó
el «cortejo». Tengo la costumbre de darme caña en el gimnasio, lo que se
traduce en que termino con los músculos destrozados de cargar como un animal,
por lo que a veces necesito algo de ayuda para terminar de tirar en algún
ejercicio, sobre todo al final. Fue entonces, cuando casi los brazos te van
fallando, que mi romeo particular entró en acción.
Tenía aproximadamente mi altura,
rubio, rapado y con barbita de dos días, ojos grises y unos labios carnosos que
mostraban, tras una sonrisa picarona, unas paletas ligeramente separadas, lo
que le daba un aire malote bastante interesante. Su cuerpo era todo fibra, y su
camiseta roja con las mangas cortadas dejaba ver unos brazos bien trabajados,
aunque lo que más me llamó la atención fueron sus piernas, en concreto sus
gemelos. Tenía por gemelos dos balones de rugby y vestía un pantalón tan corto
que desde mi posición tumbada podía entrever un calzoncillo blanco liso bien
relleno. Se había colocado detrás de la máquina, justo encima de mi cabeza y me
había comenzado a ayudar a cargar la barra en las últimas repeticiones. Cuando
posé por fin la barra en la máquina y me incorporé para agradecerle la ayuda
sus ojos me escanearon al completo y lo único que soltó fue un «de nada» junto
con un guiño, después de mi «Gracias».
—Si me necesitas, estoy por aquí
—me dijo moviendo ligeramente la cabeza a la derecha, señalando las máquinas de
piernas, yo asentí con la cabeza y esbocé una sonrisa y él recogió su toalla
del suelo y se dirigió hacia donde me había señalado antes.
Los siguientes minutos fueron una
batalla de miradas furtivas entre él y yo y alguna que otra sonrisa. Ya solo me
quedaba el último de los ejercicios, apertura. Me senté en la maquina y comencé
a hacer el ejercicio. En el cambio de máquinas había perdido de vista al maromo
misterioso y no fue hasta el final del ejercicio cuando lo volví a ver, esta
vez frente a mí, en la zona de abdominales. Miraba hacia un lado y hacia otro,
algo nervioso, como si temiese que alguien lo estuviese viendo, eso me ponía
aun más, pero ya fue cuando se aseguró de que nadie lo miraba cuando bajó la
cabeza, pasó su mano por sus minúsculos shorts,
apretando ligeramente el paquete y devolviéndome la mirada después. Mi gesto
fue apartarle lentamente la vista, y de forma muy pícara morderme el labio
inferior mientras sonreía con timidez. Estaba a mil por hora, su camiseta roja
se le pegaba al cuerpo por el sudor y yo deseaba lamerle los pectorales y
chuparle los pezones como si fuese lo último que fuese a hacer.
No sé cómo conseguí disimular la
erección que tenía en ese momento, pero no podía seguir allí. Me encaminé a las
taquillas que estaban en el sótano, junto a las duchas y los baños. Tenía que
salir de allí o explotaría como una olla a presión sin válvula de escape. Abrí
mi taquilla y saqué mi toalla de ducha, necesitaba una ducha fría, tenía que
quitarme el calentón que acababa de entrarme. Había conseguido bajar un poco mi
erección por lo que ya no era tan evidente. Me desnudé ajeno a mi alrededor,
intentando quitar de mi mente la imagen del rubio agarrándose el paquete, pero
fue imposible, la erección volvió a hacerse más patente, así que decidí meterme
en la última de las duchas, al fondo del pasillo. Coloqué la toalla por encima
de la madera que unía una ducha con otra y sin cerrar la puerta abrí por
completo el grifo de agua fría. No noté cambio en la temperatura, pero el agua
recorría mi cuerpo por todos sitios, mi pelo ya estaba completamente húmedo
pero mi pene seguía erguido como si de una torre medieval se tratase. Pasaba mi
mano lentamente por mi pecho, por mi abdomen, y volvía a subir hasta el cuello,
terminando en la nuca. Levanté la cabeza y dejé que el agua me cayese
directamente en la cara. Por fin sentía que la temperatura de mi cuerpo
descendía a límites humanos, comencé a relajar mis músculos y a volver a la
realidad. Cuando por fin me giré vi en la ducha de enfrente al rubio rapado de
hacía un momento, pero esta vez desnudo. Su pecho parecía esculpido por la
mejor escuela griega de escultura y sus abdominales, aunque asimétricos,
parecían hechos a cincel. Se estaba enjabonando con la puerta abierta y mirando
hacia mí, con su misma sonrisa picarona de hacía un momento, y entre sus
piernas le colgaba un pene medio flácido que debía medir como 17 centímetros.
Mi corazón volvió a latir sin
freno y el gesto de mi cara de sorpresa le tuvo que trasponer un poco porque
frunció el ceño, pero cuando miró hacia mi entrepierna, lo que antes era ya un
pene en reposo, rápidamente volvió a la carga. Me sentía como un toro de miura
en época de celo frente a una vaquilla. Estaba sin freno y, tras relajar el
rostro con una nueva sonrisa que mostraba la separación de las paletas, me
invitó a entrar en su ducha con un nuevo gesto de cabeza. Agarré la toalla,
crucé el pasillo sin mirar y me introduje junto con el rubio en su ducha. Él
fue a cerrar la puerta tras mi entrada pero, como si de un acto reflejo se
tratase, la paré con la mano y volví a abrirla, lo miré sonriendo altivamente y
al volver la mirada a su entrepierna vi que ahora su pene estaba completamente
erecto. No era del todo recto, estaba ligeramente curvado a la izquierda y
regado de venas que nacían en la base y lo recorrían en todo el cuerpo. Su
glande era enorme y cabezudo. Me gustaba su forma, y el tacto al cogerlo con la
mano me puso aún más a cien. Mientras se enjuagaba la espuma nos tocábamos, yo
mordiéndome el labio inferior y él intentando contener la respiración rápida
para no hacer demasiado ruido. De vez en cuando echaba un ojo hacia fuera. Su
preocupación por que alguien nos viese metiéndonos mano en las duchas me ponía
aún más.
Comenzamos a besarnos mientras
nos tocábamos bajo el agua de la ducha. Nuestros penes se encontraban de vez en
cuando, mientras nuestras manos hacían lo propio. Nos la acariciábamos hacia
arriba y hacia abajo, lentamente, como si fuésemos a la par. Notaba que estaba
igual de excitado que yo, sus pezones completamente contraídos. Me agaché
ligeramente e introduje su pezón derecho entre mis labios, lo rodeé con mis
dientes y comencé a mordisquearlo con suavidad. Él me contestó apretando mi
pene aun más, señal de que la excitación iba en aumento. Yo hice lo mismo. Fue
entonces cuando me empujó contra la pared de la ducha. Se agachó hasta ponerse
en cuclillas y comenzó a felarme el miembro con energía. Succionaba, lamía y se
ayudaba de la mano para pasarse el pene por los labios. Volvía a meterse el
pene en la boca hasta que el glande le tocaba la garganta, una y otra vez. Mientras
con la mano libre, a ratos, me acariciaba el culo y el pecho. Le agarré la
cabeza con pasión y lo obligué lentamente a que se metiese mi pene aún más
adentro. Un leve gesto de náusea le vino de repente. Cedí un poco y él, aún con
mi miembro en la boca, miró hacia arriba, me guiñó el ojo y siguió su trabajo
incansable. Yo estaba tan cachondo que si seguía así, no tardaría en llegar al
orgasmo. Mi respiración se iba acelerando aún más, y el corazón se me iba a
salir del pecho. Él seguía mamando y lamiendo, mientras con su otra mano se
acariciaba su propio pene. Cuando tenía mi miembro fuera de la boca, lamía con
fuerza mis testículos, provocándome más placer aún. Si hay algo que me encante
es que me laman los huevos.
Mi respiración comenzó a
acelerarse, signo de que iba a terminar corriéndome en breve. Apreté fuerte los
labios y el puño. El chico lo notó y me volvió a guiñar el ojo mientras se la
sacaba de la boca. Comenzó a acariciar con fuerza tanto la suya como la mía. El
cosquilleo del orgasmo se hizo dueño de mi cuerpo y lo recorrió durante unos
segundos muy generosos. Él siguió bombeando hasta que los espasmos me poseyeron
y mi semen comenzó a salir con fuerza, aterrizando en el pecho del rapado, cosa
que le excitó tanto que él también terminó corriéndose casi a la par.
Una vez hubimos terminado, nos
miramos durante unos segundos de forma apasionada hasta que rompí esa tensión
empujándolo bajo el agua. Salí de la ducha y cerré la puerta tras de mí, no sin
antes guiñarle un ojo. Volví a mi ducha, terminé de asearme, me sequé y, una
vez en las taquillas, me vestí, recogí todos mis bártulos, los metí en mi
mochila y me dirigí a la zona de los lavabos, donde estaban los espejos y solía
peinarme un poco antes de salir. Allí coincidimos el rubio y yo, nos despedimos
con un ligero arqueo de cejas y seguí mi camino a casa. El chico se llamaba
Jaime, ese día ni tan siquiera hablamos más de las cuatro palabras que cruzamos
en la sala de máquinas, pero desde ese momento se convirtió en alguien
recurrente en los mediodías de calentón en el gimnasio, aunque de esas
experiencias ya hablaré en otro momento.
continuará...

No hay comentarios:
Publicar un comentario