Los meses del verano del 2006 pasaron en mi aburrido
Madrid. Mi hermana Patricia había aprovechado la invitación que mis primas nos hicieron
de pasar el verano en la costa alicantina, donde mi tía y mis primas solían
veranear. Elvira y Estefanía eran las hijas de mi tío Armando, hermano mayor de
mi madre, que también había muerto tres años antes que ella de la misma
enfermedad. Él y su mujer, Mercedes, tenían mucho trato con nosotros, incluso
después de la muerte de mi tío, hasta que, al faltar mi madre, mi padre se
permitió el lujo de descuidar el trato con todo aquel que no tuviese una
relación laboral con él y con su empresa.
Mis primas eran
gemelas y dos años mayor que yo. Tenían el pelo ondulado, herencia de la
familia De Guevara, pero el mismo color rubio rojizo de su madre. Eran dos
chicas escuálidas y proporcionadas y de
piel muy blanca. Unas pequeñas pecas se repartían bajo sus ojos color miel que
les hacía parecer muñecas de porcelana, de las que nunca rompen un plato, aunque
a juzgar por mis recuerdos, eran bastante traviesas. Las pecas parecían ir a
juego con sus labios finos acompañados de una dentadura perfecta conseguida a
base de no poco dinero. Mis primas siempre habían tenido un punto cursi y
petulante, que al igual que su color de pelo, lo habían heredado de su madre.
Formaban un equipo imparable, de pequeñas habían sido dos angelitos de muy
correctos modales ante la mirada de cualquier adulto, para en ausencia de estos,
convertirse en dos demonios resabidos y mangoneadores. Cuando mi hermana
Patricia y yo recibimos la invitación, yo tuve muy claro que me quedaría en
casa, sin embargo, mi hermana sabía que nos esperaba un verano más en Madrid y
después de intentar convencerme para que la acompañase por todos los medios a
su alcance, desistió en el intento y aceptó la invitación ella sola.
A mediados de Julio volví a los entrenamientos de remo,
el aburrimiento era superior a mis fuerzas y ya me conocía todos y cada uno de
los rincones de mi piscina. Aproveché los escasos ratos en los que los padres
de Isaac se ausentaban para quedar con él y tener ratos de buen sexo y charla,
pero nuestras citas sexuales fueron decayendo en pos de las charlas, hasta que
Isaac se marchó a veranear con su familia a finales de Agosto y tras su vuelta,
nuestra relación quedó reducida a una bonita amistad.
Mariana también se había marchado de vacaciones durante
todo el mes de Agosto a visitar a su hijo y de camino, por lo que me contó, a
cuidar a su nuera y al nieto que venía en camino. En su ausencia mi padre había
contratado a una muchacha mulata, muy vergonzosa y de grandes ojos negros. Aún
con todo el tiempo que pasé ese mes de agosto en casa, las pocas veces que me
crucé con ella me saludó con un «Hola» emitido con un hilo de voz y acompañado
de un tímido movimiento de cabeza.
Durante los dos últimos años me había distanciado mucho
de los que hasta la fecha habían sido mis amigos, chicos de buenas familias que
abandonaban Madrid nada mas comenzaban a subir las temperaturas, por lo que
tampoco podía, ni quería contar con ellos. No sé cuántos libros llegué a leer, ni
cuantas películas vi, pero necesitaba hacer que cualquier cosa llamase mi
atención… los minutos encerrado en aquella casa casi desierta estaban mermando
mis nervios. Mi padre salía hacia la oficina sobre las ocho y media de la
mañana y no regresaba hasta pasadas las ocho de la tarde, justo a tiempo para comenzar
a cenar a las nueve, costumbre impuesta por mi madre en un intento de españolización
de mi padre, que cuando llegó a España desde Filadelfia pretendía que la cena
fuese a las 6 de la tarde, como era costumbre en Estados Unidos. Mi padre era
un hombre de costumbres casi inamovibles, reservado, hierático, frío y
distante, con un profundo convencimiento de sus ideales, por lo general
bastante conservadores, y con un profundo y genial don para los negocios. Yo
era más como mi madre, espontaneo, aventurero pero sobre todo curioso. Sin
embargo, en cuanto a forma de ser, mi hermana era la mezcla perfecta de ambos,
la seriedad de mi padre y cariñosa como mi madre.
Si algo tenía Jefferson, mi padre, era la solemnidad que
le daba a todo lo que hacía. Las cenas parecían banquetes arduamente
preparados, aunque en el plato solo tuviésemos un par de sándwiches. La mesa
tenía que ser preparada concienzudamente y todos debíamos estar presentes a las
nueve para el comienzo del evento. Como era el único momento del día en el que
toda la familia se reunía, mi madre era
la encargada de informar a mi padre de todo aquello que había ocurrido en su
ausencia y como si fuese parte de una ceremonia, las órdenes o las disputas tenían
lugar en la sobremesa. Tras la muerte de mi madre las cenas mantuvieron su suntuosidad
pero se volvieron más silenciosas. Fue mi hermana Patricia quien tomó entonces
el relevo de mi madre. En el fondo siempre envidié la buena relación de
Patricia con nuestro padre. En su ausencia, durante todo el mes de Agosto, las
cenas estaban reinadas por un silencio sepulcral, roto solo por el tintineo de
los cubiertos. La costumbre marcaba que nadie podía abandonar la mesa hasta que
el último comensal hubiese terminado con el postre o que ya no quedasen temas
que tratar en la sobremesa, lo que hacía que la falta de mi hermana
contribuyese aún más a mi aburrimiento.
Pero, sin embargo, una noche a finales de Agosto mi
padre rompió su tradicional silencio:
—¿Qué tal van esas vacaciones? —yo no pude hacer otra
cosa que levantar la mirada del plato y fijarla en mi padre, extrañamente en él
esbozaba una leve sonrisa mientras esperaba mi respuesta.
—Bien, muy bien —titubeé ligeramente antes de
responder.
—¿Por qué no acompañaste a tu hermana a Alicante? —preguntó—.
Lo hubieses pasado mejor que aquí en Madrid.
—No me apetecía demasiado —contesté sinceramente. La
verdad es que solo la idea de tener que pasar unas vacaciones rodeado de los
amigos pijos de mis primas me revolvía el estómago.
—Bueno, el año que viene serás mayor de edad, quizás
entonces sea hora que decidas si quieres viajar solo —Mi padre era de la
creencia que no podíamos viajar solos hasta haber cumplido los dieciocho años.
Justamente para que mi hermana no viajase sola a Alicante le había pedido
a Mariana que le acompañase hasta
Alicante y desde allí que cogiese un vuelo hasta Sevilla, para pasar las
vacaciones con su hijo, todo esto, claro está, corría a cargo de mi padre—. Si
te aburres podrías pasar por la oficina y echarnos una mano. Algún día eso será
tuyo y te vendría bien ir familiarizándote con la empresa.
Era la primera vez que mi padre me proponía una cosa
así. Se me creó un nudo en el estómago que me impidió contestarle. La sorpresa
había anulado por completo toda mi capacidad de respuesta. Las paredes burdeos
del salón comedor volvieron a presenciar el silencio en la sala, mientras mi
padre volvía su atención de nuevo al plato, yo seguía petrificado, sentado al
lado derecho de la gran mesa, como si de otra de las pinturas que decoraban las
paredes se tratase. En mi interior la sorpresa se mezclaba con la ilusión de
hacer cosas con mi padre. De pequeño, recuerdo vagamente visitar en contadas
ocasiones a mi padre en su oficina, pero no sabría decir a qué edad fue la última
vez que puse un pié allí.
—Me encantaría acompañarte a la oficina —conseguí decir
mientras terminaba el postre, tras unos minutos en silencio—. Mañana si quieres
podría acompañarte.
—Me parece bien, mañana preparado antes de las ocho y
media. ¿Has terminado de cenar?
—Sí, ya terminé —esa pregunta marcaba el fin de la
cena. Mi padre posó los cubiertos en el plato como siempre solía hacer y se
encaminó a su habitación después de desearme buenas noches. Yo ayudé a Corina a
recoger la mesa como normalmente hacía con Mariana y tras terminar, subí las
escaleras hasta mi habitación deseando que llegase el día siguiente.
No me costó mucho tiempo alcanzar el sueño esa noche y
el despertador sonó a las siete y media, me di una ducha, me aseé y bajé a la
cocina a desayunar y allí estaba ya mi padre, café en mano y sentado frente a
su periódico. Esa era otra de las costumbres de mi padre, fuese el día que
fuese, en el desayuno no podía faltar su café solo aguado, sus tostadas y su
periódico. Yo, sin embargo, desayuné en silencio unos cereales con leche y una
manzana y al terminar subí a lavarme los dientes rápidamente. Tras ello, bajé
las escaleras con celeridad y encontré a mi padre en la puerta mirando su
reloj. Hoy vestía un traje color azul marino con una camisa gris y una corbata
añil con detalles rojos. Salimos al porche y allí estaba el coche de mi padre,
un Mercedes clase S en color berenjena. Mi padre siempre ha tenido coches con líneas
muy elegantes, pero de todos ellos, aquel era para mi gusto el que más. El
interior estaba tapizado en cuero color beige con detalles en madera clara y su
confort era estupendo. De camino al trabajo mi padre solía sintonizar bien
canales de noticias o bien canales que tratasen de economía, finanzas y bolsa.
—Deberías haberte puesto algo más acorde para trabajar —criticó.
Yo llevaba un polo blanco y unos pantalones chinos color marrón oscuro.
—Voy bien así ¿no? —contesté sabiendo lo que iba a
contestar.
—Para un partido de tenis o para ir a tomar algo quizás,
pero para el próximo día ponte mejor una camisa —siguió—. Recuerda que ante
todo un hombre debe ser elegante.
Mi padre siempre había criticado mi forma de vestir y
estoy seguro que de haber tenido unos minutos más me hubiese ordenado cambiarme
de ropa. Tras recorrer el tramo de la A-1 desde la urbanización
donde vivimos, llegamos a la M-30, como era costumbre nos cogió algo de
caravana y ya por fin salimos hacia la Castellana. En pocos minutos pasamos por
delante del edificio donde tenía la sede la empresa de mi padre, una increíble mole
de hormigón y cristal de unos diez pisos, coronados, al igual que en la entrada
peatonal con el anagrama de la empresa, una estrella con las 5 puntas
difuminadas a modo de ventilador eólico y el texto East Star Energy Iberia S.A., una
empresa que se dedicaba a la explotación, mantenimiento y desarrollo de energías
renovables por toda la geografía española. Aunque mi padre era el presidente de
la empresa y máximo accionista, ésta había surgido de East Star Energy Inc. el
grupo empresarial perteneciente a la familia de mi padre.
Entramos con el coche por la puerta del parking subterráneo
y aparcamos en la zona reservada al presidente de la compañía, es decir, mi
padre. Tomamos uno de los cuatro ascensores, que nos subió hasta la planta 18. Los
departamentos estaban divididos en plantas y en los ascensores, una placa te
informaba de qué departamento se encontraba en cada planta. Llegamos a la
planta de presidencia y al abrirse la puerta, una gran sala a modo de recibidor
se abrió ante mí, coquetamente repartidos se disponían varios sillones de color
chocolate y que parecían bastante cómodos. El suelo estaba revestido con mármol
color blanco perla y las paredes eran en azul índigo y revestimientos en caoba
oscuro, conforme se salía del ascensor, arrinconada se encontraba la oficina de
la recepcionista, una chica algo rechoncha, con una cara muy risueña, con ojos
grandes y alegres y pestañas larguísimas. Saludó a mi padre con un «Buenos
días, señor McArthur» tal y como hacían todos los que se cruzaban con él, a lo
que mi padre contestó con otro «Buenos días, Nuria» tenía por ley también
llamar por el nombre a todos sus empleados. Después del saludo, Nuria reparó en
mí. Me clavó sus enormes ojos negros y con una amplia sonrisa me dio los buenos
días. Le contesté cortésmente y entramos por la puerta que se encontraba a la
derecha de la recepcionista y doblamos siguiendo el pasillo. La estancia tenía
varias puertas a los lados, todos con los nombres y los cargos de quienes
ocupaban las oficinas. Al fondo, el pasillo torcía de nuevo a la derecha e iba
a terminar en la entrada del despacho de mi padre, una puerta doble de caoba
adornada con el rótulo «Jefferson Lee McArthur - Presidente» y al lado
izquierdo de la puerta de caoba, la entrada a la oficina de la secretaria de mi
padre, que según el rótulo de la puerta se llamaba Esther Pons González.
Mi padre abrió la puerta de su oficina y al entrar me
pareció mucho más grande de lo que recordaba. El suelo era del mismo mármol
color blanco perla, y las paredes eran de cristal translúcido excepto en aquellos
sitios donde se encontraban los pilares de la estructura del edificio, también
revestidos con el mismo azul índigo y decorados con estanterías color caoba con
libros y otros enseres de decoración. Nada más entrar a la izquierda estaba la
puerta directa hasta la oficina de Esther y después de ella, había un par de
sofás con otro sillón en color burdeos alrededor de una mesa baja de cristal
negro. Al fondo en el lado izquierdo, se encontraba el inmenso escritorio caoba
de mi padre y sobre él, el ordenador, algunos papeles y carpetas y un par de
marcos, uno con la fotografía de Patricia y mía como diez años atrás y otro con
una fotografía de mi madre. Frente al escritorio, al otro lado de la sala, una
mesa ovalada de cristal negro enormemente grande con al menos diez asientos y
tras ella, a un lado quedaba la puerta del baño y al otro la puerta de lo que
parecía una sala de juntas.
—Acompáñame un momento —ordenó mi padre nada más soltar
su maletín junto al gran escritorio caoba. Se dirigió a la puerta que llevaba a
la oficina de su secretaria, la abrió y me invitó a entrar, siguiéndome después.
—Buenos días, señor McArthur —respondió un chico de
unos veinte y pocos años que se encontraba sentado donde supuestamente debería
estar la tal Esther.
—Buenos días, Luís —respondió mi padre de forma
automática—. Este es mi hijo Logan, va a ayudarnos algunos días, aprovechando
que Esther está de vacaciones —otro de los fallos de mi padre era que si le
decías que sí a algo, disponía de tu tiempo libremente—. Presta atención a lo
que él te diga —me advirtió—, ahora tengo una reunión, nos vemos luego —y se
marchó cerrando la puerta tras él.
Luís había comenzado en la empresa como becario, pero
ahora se había convertido en el ayudante de Esther. Era un chico moreno de pelo
corto, con cejas pobladas y ojos pequeños y rasgados de color marrón, rostro
prominente, nariz ligeramente achatada y labios finos, en cuanto al cuerpo era
delgado e iba vestido con un pantalón de traje color gris, camisa blanca y
corbata verde, la chaqueta se encontraba en un perchero cerca de uno de los
armarios de la habitación. Esther, la secretaria, había cogido todo el mes de
Agosto de vacaciones, como casi la mayoría de la plantilla del edificio, por lo
que por departamento, a lo sumo había solo un par de personas. Me senté en un
pequeño escritorio cercano a la mesa de la secretaria y durante toda la mañana
Luis me estuvo pasando trabajo que hacer, correos o cartas que transcribir,
documentos que archivar, tablas que rellenar, etc. La mañana se me pasó volando,
sobre las dos llegó la hora de comer, mi padre entró en la oficina a recogerme
y bajamos a la planta cinco, donde se encontraba la zona de servicios de
cafetería y restauración. Comí junto a él, Luis y varios trabajadores más. Más
que mi padre parecía el de ellos, verdaderamente pasaba más horas con ellos que
conmigo. Al finalizar el almuerzo volvimos al trabajo sobre las cuatro de la
tarde, después de que mi padre repartiese órdenes a diestro y siniestro.
En un primer momento pensé que pasaría más tiempo con
mi padre, pero al ver que él me abandonó a mi suerte en la oficina de
secretaría mientras que él atendía llamadas y a diferentes personas, me apenó
un poco. Cosa que cambió cuando en un par de veces, mientras transcribía unas
cartas a ordenador pillé a Luis mirándome de soslayo. Fue entonces cuando la
bombillita de la curiosidad se encendió en mí. Necesitaba indagar un poco más,
juguetear ligeramente con las miradas a ver si Luís me seguía el juego. Si algo
había adquirido en esos últimos tiempos era picardía. Aquella tarde no noté
nada más por su parte, por lo que decidí volver al día siguiente, y al otro, y
al otro. Cada día que pasaba nuestro juego de miradas se hacía más evidente. Lo
que había comenzado con una leve mirada de reojo iban ya cargadas incluso con
medias sonrisas. En un principio había pensado en dejarlo estar y quedarme en
casa, no podía arriesgar a que mi padre sospechase lo más mínimo, pero la
curiosidad, el morbo y la calentura pudieron conmigo, estaba seguro de que le
molaba a Luís y él me molaba a mí. Solo necesitaba el momento propicio para
atacar y al cabo de casi una semana por fin llegó.
Mi padre tenía que salir hacia Barcelona para una
asistir a una reunión de urgencia y aunque llegaría antes de acabar la jornada
laboral, él me había propuesto quedarme ese día en casa. Me negué y lo acompañé
a la oficina, poco después de las diez de la mañana mi padre salió junto con el
director regional hacia el aeropuerto. Luis y yo seguimos con nuestra tímida
guerra de miradas hasta que, aprovechando que acababa de terminar de redactar
una hoja, le pedí que la revisara. Él se puso en pié y caminó hacia mí. El
pantalón de pinzas azul marino le marcaba un bulto interesante, a la vez que
despertaba ligeramente algo entre mis piernas. Se colocó tras mi silla y agachó
el tronco hasta que su cabeza quedó al lado de la mía y comenzó a revisar el
documento en la pantalla del ordenador. Yo me quedé mirándolo fijamente,
dibujando una sonrisilla picarona en los labios. Una vez hubo terminado de leer
me miró.
—No está mal… eh… —titubeó sin terminar la frase al
darse cuenta de mi mirada. No sé si en aquel momento le atacaron los nervios igual
que a mí, pero me mantuvo la mirada hasta que yo la bajé a sus labios y volví a
mirarlo a los ojos. Era mi señal, mi pistoletazo de salida, él captó el mensaje
y acercó sus labios a los míos. Comenzó a besarme un instante después, aun
inclinado hacia delante.
Yo me puse en pié y aparté la silla a un lado, él se
apoyó en el escritorio y volvió a besarme mientras soltaba mi corbata. Yo hice
lo mismo con la suya. Él comenzó a acariciar mi cuerpo, lentamente desde los
hombros, los pectorales y el abdomen, hasta que llegó a mi pantalón, donde mi miembro
casi se encontraba del todo erecto. Me empujó sobre la pared y se colocó en
cuclillas frente a mí, bajó la cremallera de mi pantalón y tras tocar un poco
la zona de mi pene lo sacó fuera y se lo introdujo en la boca. Con la ayuda de
su mano y su lengua consiguió ponerlo al momento del todo erecto, sacó entonces
también mis testículos y comenzó a chuparlos y a meterlos en su boca, cosa que
me proporcionó un espasmo de gusto. Tras unos segundos jugando con mis
testículos volvió a centrarse en mi pene, lo metía y lo sacaba de su boca
rítmicamente, mientras iba desabrochándose la camisa lentamente y luego el
pantalón, para sacar su verga de unos veinte centímetros y comenzar a acariciársela
mientras me felaba.
Así estuvo varios minutos, mientras yo agarraba su
cabeza para ayudarle a introducir mi pene en su boca cada vez más al fondo y él
una vez la tenía dentro succionaba con fuerza mientras yo me mordía el labio de
placer. Soltó mi pene, se puso en pié y volvió a apoyarse en el escritorio
mientras sujetaba su pene invitándome a probar. Me agaché, lo tomé en mis manos
y lo rodeé con mis labios aprovechando para morder suavemente la punta de su
pene. Luís soltó un bufido y echó la cabeza hacia atrás, yo comencé a mamar
lentamente y a acelerar el ritmo poco a poco, mientras veía cómo él agarraba fuertemente la mesa cada vez que le llegaba
un latigazo de placer. Tras unos minutos comencé a sentir el regusto salado en
mis papilas. Me puse de nuevo en pié y comencé a besarlo nuevamente, jugando
con su lengua y mordiendo su labio inferior. Él mientras tanto terminó de
desabrochar mis pantalones y algunos de los botones inferiores de mi camisa,
metió la mano por debajo y comenzó a acariciar mis pezones y con la otra mi
pene.
—Es una pena que no tengamos un condón aquí —dijo Luís
mientras apretaba mi pene con fuerza.
—¿Quién ha dicho que no? —respondí juguetón mientras
buscaba en el bolsillo trasero del pantalón el preservativo que llevaba desde
el segundo día que pisé la oficina. En su rostro se dibujó una sonrisa.
—¿Qué te va? —preguntó.
—Soy activo —respondí convencido.
Se puso en pie, me lanzó una mirada altanera y
juguetona, se dio la vuelta y apoyó su pecho sobre el escritorio, dejándome a
la vista su trasero estrecho y apetitoso. Humedeció la punta de sus dedos con generosidad
y se lubricó copiosamente la entrada de su ano mientras yo me colocaba el
preservativo y hacía lo mismo con mi pene. Un momento después, empuñé mi
miembro y lo introduje lentamente en él. Su culo era estrecho pero magnifico,
no tardó en amoldarse a mi miembro y en pocos segundos estuve envistiendo con
fuerza mientras le agarraba del hombro. Luís, por su parte, me agarraba por la
cintura y me empujaba hacia adentro cada vez que salía.
—Sigue… sí… —soltaba de vez en cuando. Solté su hombro
y con las dos manos le agarré por la cintura y comencé a meter y sacar mi pene
a un ritmo muy acelerado, mientras me mordía el labio inferior—. Para… para… —me
pidió, a lo que obedecí al momento, sacando mi pene de su culo.
Él se limitó a quitarse los zapatos y el pantalón y
darse la vuelta colocando sus pies sobre mis hombros. Volví a introducir mi
pene y a jugar con los ritmos cada vez más rápidos, hasta que vi que se estaba
preparando para el orgasmo, abrió por completo su camisa y tras tocarse un poco
el pene, unas pequeñas gotas blancas comenzaron a brotar tímidamente desde su
punta. Yo aceleré el ritmo por última vez mientras los pequeños calambres del
orgasmo comenzaban a recorrer mi cuerpo hasta explotar en una oleada de placer
silencioso. Tras ello quedé allí en pie, aun con la respiración acelerada,
mientras Luís se incorporaba y se limpiaba rápidamente con unos pañuelos de
papel. Yo hice lo mismo y ambos nos vestimos de nuevo para volver al trabajo.
—Tu padre no sabe nada de… —comenzó a decir Luís.
—No, nada, y espero que así siga —contesté.
—Tranquilo, seré discreto. Lo que no sé es cómo voy a
poder sentarme ahora —bromeó. Reímos juntos hasta que segundos después tocaron
en la puerta de la oficina, era una de las trabajadoras del departamento de
recursos humanos, Laura, al abrir nos encontró a cada uno ya sentado en su
respectivo asiento. Venía porque le había parecido escuchar ruidos extraños.
Ambos negamos al unísono que esos ruidos proviniesen de nuestra oficina, y tras
cerrar la puerta, Luís y yo nos miramos y soltamos un suspiro de alivio.
Continuará...

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